Mis Alfajores

Comienza la primavera, el cielo se llena de coloridos volantines y los almendros florecen. Septiembre me envuelve con aroma, sabores y recuerdos familiares.

Los cerezos y manzanos comenzaban a florecer, el jardín se llenaba de colores y aromas todo era señal que septiembre había llegado. La casa de mis padres de impregnaba de aromas y sabores. Nuestra bandera chilena flameaba en un mástil a la entrada del jardín, era la única vez en el año que podía salir de la cajonera para poder estirarse y flamear a sus anchas. Mis familia sentía un orgullo especial de ser chilenos, orgullo que transmitieron a sus hijos por haber nacido en esta maravillosa tierra de aguerrida geografía llena de paisajes idílicos en que la naturaleza se muestra con todo su esplendor y aveces con toda la furia.

Cada año  para celebrar el 18 de septiembre( día de la independencia de Chile) en la casa de mis padres se hacían las típicas empanadas y alfajores de chancaca para disfrutar con la familia e invitados. Los vecinos y familiares aprovechaban ese día para hacer vida social. En cada casa se recibían las visitas con ricas empanadas fritas y alfajores de chancaca. Desconozco  de donde y cuando comenzó esa tradición ni como llego a mi familia. Creo que mi familia era la única que les ponía higos secos, las demás familias solo harina dorada y chancaca.

En ninguna otra parte de Chile he comido alfajores de chancaca, creó que es muy típico de mi pueblo donde nací tampoco es algo que sea de gusto masivo, siento que es un gusto  muy local. Acá en Santiago es casi imposible encontrar estos deliciosos dulces. Así que decidí hacerlos yo.

Para empezar primero se hace la masa de los alfajores que se llama hojarasca. Se necesita huevos, harina, jugo de naranja y agua ardiente.

Se moja la harina con los huevos y el jugo de naranja se le agrega una cucharada de agua ardiente formando una masita suave y elástica. Se amasa bastante hasta que esta masa este de una consistencia en que se pueda estirar con un uslero. Se cortan círculos finos de unos cinco centímetros se pinchan con un tenedor para que no se inflen y se colocan en el horno. Se cocinan como unas galletitas, sin dorarse ni quemarse.

Como no tengo el espacio ni el horno adecuado para hacer esto, compre las hojarascas.

El relleno es lo más importante. Para esto se necesitan, higos secos, chancaca, harina dorada, pasas, cascara de naranjas, clavo de olor. Creo que mi familia era la única que les ponía higos secos, las demás familias solo usaban harina dorada y chancaca.

Como lo hacia mi mamá en una sartén puse 2 tazas de harina cruda de trigo a dorar. La harina dorada sirve de espesante. Cuando esta de un color café claro esta lista.

Al estar cocinando la harina su aroma me trajo muchos recuerdos de mi niñez. Antes no existían todos estos suplementos alimenticios que hay ahora para criar a los bebes. Mis hermanos, primos y yo nos criamos con harina dorada, nuestras madres ponían esta harina a la leche quedando un alimento fortificante. Tal ves por eso somos personas muy saludables.

Continuo con la preparación, a la cascara de naranja se le saca toda la parte blanca y se pica en una tabla en cuadritos junto con las pasas e higos.

En una olla se pone un pan de chancaca con una taza de agua y se le agregan los higos, especias, pasas y naranjas. Una vez que hirvió todo y los higos estén blandos, en una taza se disuelve la harina dorada y se agrega al caldo poco a poco va espesando, si falta consistencia agrega más harina hasta obtener la consistencia necesaria para relleno.

Una vez frío el relleno, se rellena una hojarasca y se tapa con otra. Se deja un día o dos y la chancaca humedece la masita quedando el perfecto alfajor de chancaca.

Así quedaron. Para mi unas fiestas patrias sin alfajores de chancaca no son fiestas.

Alfajor de Chancaca

Alfajor de Chancaca.

Sobrevivir con el mínimo

Cuando recién llegue a vivir a Santiago, no solo fue un cambio  geográfico y emocional. También tuve que aprender a vivir con un sueldo mínimo.

Aquí les contare como lo hacía.

Casi todo el sueldo se me iba en pagar el arriendo del departamento y en los gastos básicos que este generaba. Así que para el resto de las cosas debía ingeniármelas.

No tenía televisión, ni Internet.

Observé que los Santiaguinos cuando pasaban cerca de un kiosko se detenían y miraban los diarios que colgaban en cordeles de pita y se afirmaban con perritos de ropa. Mostrando sus portadas. Así descubrí  la mejor forma para enterarme del acontecer noticioso, local, nacional e internacional. Pasaba y leía los titulares de todos los diarios en los kioskos, así quedaba informada. De lo último de la farándula, la noticia roja y violenta, la política y de todo lo que un diario o revista considera relevante poner en portada.

En las mañanas el Metro de Santiago regalaba el diario Publimetro y La Hora, yo pasaba a buscarlos y en las noches antes de dormir o  leía algún libro o me entretenía haciendo mis mejores marcas en llenar los puzzles de los diarios.

Para estar más en contacto con el resto del mundo iba a un ciber café donde la hora me costaba 200 pesos. Con 1 hora me bastaba para leer y contestar correos, que era lo que más me importaba.

Para comer,  en el trabajo me daban ticket de restaurante de 2000 pesos. Me alcazaba para un completo más bebida y papa frita o una ensalada de cochayuyo. Bueno no todos los días comía eso, pero es una relación para lo que me alcanzaba.

Para ir a trabajar lo hacia en bicicleta, así me ahorraba el pasaje, los tacos, y todos los olores del metro o la micro. Mi trabajo desde la puerta de mi casa quedaba a 17 kilómetros. Así que todos los día hacia esa distancia de ida y de vuelta.

En la noche pasaba por los carritos de sopaipillas en Bellavista y mi cena era una sopaipilla con té o un pan con quesillo.

Iba a la Vega a comprar frutas y verduras con un par de lukas hacia magia (la Vega es mágica). Siempre tenia suerte, las caseras(os) me regalaban algo extra. De hambre no iba a morir.

Cuando quería comprarme ropa iba a Bandera (es una calle donde hay muchos locales de ropa usada) donde siempre encontraba algo de mi gusto y muy barato.

Me gustan mucho las actividades culturales, pero con lo que ganaba ni soñar ir al cine por ejemplo. Pero en Santiago siempre hay panoramas gratis. Y el hecho de ser gratis no significa que sean de mala calidad, por el contrario tuve la suerte de estar en muchos grandes espectáculos de connotación mundial.

En una ocasión había un concurso por unas entradas al magnífico Cirque du Soleil concurse y gane! un sueño para muchos, para mí una realidad.

Con una luka (1000 pesos chilenos) carreteaba. Una luka era lo máximo que podía gastar en un carrete todo un derroche para mi. Todos mi amigos ponían luka así que entre luka y luka sumaba y al final nos alcanzaba para un estupendo carrete.

Cuando quería bailar entraba a las discos gratis, siempre las discos hasta cierta hora dejan entrar a mujeres gratis.

Para ir a la playa tomaba mi bicicleta y con un grupo de amigo nos íbamos a la costa. (Valparaiso esta a 123 kilómetros de Santiago). Mi bicicleta es mi medio de transporte preferido para ir a cualquier parte.

Ir a comer a un restaurante era todo un lujo. Era un gusto casi imposible para mí. Pero aveces podía ahorrar mis ticket de restaurante y me daba el gusto de ir a comer sushi.

En las calles siempre hay promotoras regalando alguna muestra de algo, de una nueva linea de shampoo o pasta de dientes, las más ricas galletas o la papa frita con más onda. Siempre probé la ultima novedad del mercado.

Bueno, para poder llevar este ritmo de vida, por nada del mundo hay que enfermarse, porque ahí si que todo el equilibrio se desequilibra.

Una vez me resfrié y mi resfrió fue empeorando, nunca faltaba a trabajar aunque nevara. Pero esa vez me sentía tan mal que no fui. Cada hora que pasaba más mal me sentía. Así que fui donde va toda la gente que no tiene dinero o ganan un sueldo mínimo, a una asistencia pública. En la famosa Posta Central de Santiago, ahí estaba yo temblando de fiebre junto a quebrados, cortados, paros cardíacos y perros que aprovechaban el calor humano para pasar el frío. Olores y dolores. Esperé casi 4 horas hasta que una señora de blanco, tomó mi temperatura, mi presión, con el frío espéculo escucho mis pulmones, abrió mi garganta con una fea y áspera paleta de madera que al tocar mis gordas amígdalas estas se retorcieron de dolor. Después de estar  unos 20 minutos en todos esos menesteres. La señora de blanco me dijo:  tienes neumonitis, amigdalitis, faringitis, bronquitis aguda,  pero como no hay camas y en la farmacia no esta el antibiótico que necesitas te vas a tu casa, y compras estos medicamentos. Me fui más adolorida de lo que había llegado y con todas las itis, pasé a la farmacia y casi me dio un infarto cuando el vendedor me dijo los precios de los medicamentos.

 

Finalmente. Sobreviví y aprendí que la vida esta hecha de momentos y no de cosas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El desierto mas árido del mundo. Florece a la vuelta de mi pedal.

Lo maravilloso de viajar, es el poder maravillarse del mundo que nos rodea.

Nací en el sur de Chile  y gran parte de mi vida la he vivido en esa zona. No conocía la parte norte de Chile. Muchas veces había oído hablar del desierto florido, por imágenes en internet veía algo maravilloso, pero nunca mi tiempo coincidía con dicha floración. Hasta que se dio el momento.
Con nuestras bicicletas fieles compañeras de viaje, con mucho entusiasmo y ansias por esta nueva aventura con Daniel emprendimos el viaje. Tomamos un bus hasta Vallenar. Desde ahí comenzaría el pedaleo.

Llegamos de amanecida a Vallenar. Armamos nuestras bicicletas  y nos fuimos a recorrer la ciudad. Lo primero que llamo mi atención fue que la ciudad estaba en un hoyo y que había poca vegetación y un pequeño río cruzaba la ciudad. Fuimos hacia la plaza; siempre que viajo me gusta conocer las plazas de los pueblos. Es ahí (desde mi punto de vista) donde un viajero puede observar a la gente de una ciudad y su cotidiana vida más directamente.

Iglesia en la Plaza de Vallenar

Iglesia en la Plaza de Vallenar

Poco a poco el pueblo fue cobrando vida. Gente apurada hiendo a trabajar o a hacer trámites, almacenes que habrían sus cortinas, estudiantes, vendedores, los colectivos o taxis trasladando pasajeros. La ciudad había despertado.

Pasaban y nos saludaban con asombro al ver que viajábamos en bicicleta. Los menos tímidos se acercaron a conversar y a preguntarnos de dónde veníamos y darnos datos de que lugares conocer. En medio de todo eso, yo observaba que toda la gente salia con su escoba y barría el frontis de sus casas o tiendas. No en muchos pueblos que he recorrido he visto esa matinal costumbre. Me agrado mucho, porque veía a la gente sonreír, saludarse y comentar una que otra cosa, era como en los cuentos donde la gente es feliz. Luego todos volvían a sus rutinas. Sería genial que la gente de la gran capital se tomara esa pausa para socializar. Solo una ilusión.
Después de desayunar, tomamos la carretera rumbo a Copiapó.  Yo abría bien grandes mis ojos para capturar cada detalle del camino; no quería perderme de nada. A la vez, saludaba a los camioneros que alegremente nos saludaban con sus bocinas. El paisaje se tornaba gris, en el infinito el cielo nubes se juntaba con los grises, la vegetación desapareció por completo, era un verdadero desierto, pero no dejaba de ser bello ver la gama de colores, azul, violeta, rosado, rojo, café y gris.

ruta entre Vallenar y Copiapo. Chile

Desierto

Después de varias horas de pedaleo nos dio hambre, y vimos que los camiones se salían de la carretera y estacionaban al lado de una pequeña casa que decía restaurante. Nos acercamos también. Estaba lleno, sin una mesa desocupada y con una larga fila de hombres hambrientos esperando turno. Así que decidimos seguir.

A unos 3 kilómetros más arriba nos encontramos con otra casa restaurante, pasamos y ésta tenia menos clientes. Cuando nos sirvieron aquel tremendo plato de comida, nos dimos cuenta que estábamos en ese otro Chile, que no es Santiago. Este país es una larga y angosta faja, en la que cada región tiene su belleza particular y donde su gente es única en cada lugar.

Restaurante en el desierto.

Con la guatita llena y el corazón contento (dicho sureño) continuamos el pedaleo.

Nos salimos de la carretera y tomamos un camino minero que nos llevaría hacia el Parque Nacional Llanos de Challe. Aquí el camino se torna más bonito y solitario. No hay camiones.

La superficie es muy suave, espectacular para las bicicletas. La gente de la zona le llama caminos de “vichuquita”, que en el fondo son caminos estabilizados con sal. La vichuquita nos permite desplazarnos con mayor rapidez y suavidad.

Camino de vichuquita.

Comienzan aparecer los primeros capullos de flores. Parece que sonríen moviéndose con el viento. Le ponen más color a este desierto. Los cerros son de color café, con vetas negras, como si alguien con una brocha pintara franjas negras, haciéndolo más hermosos y misteriosos.
En solitario pedaleamos por esos caminos, donde corre viento. A ratos hace ráfagas que dificultan el pedaleo, pero que refresca de los intensos rayos de sol. Pequeñas y tímidas florcitas adornan el camino, expelen suave perfume que llega hasta nuestras narices.

La vida florece.

Escucho un extraño sonido. Me detengo a observar de donde viene y veo, en lo alto de uno de los cerros cafés, unos puntos, también cafés, que se mueven. Nos quedamos quietos, observando como una manada de guanacos viene en dirección hacia nosotros. Quieren cruzar el camino, pero al olernos se detienen, se hacen gestos entre ellos. Uno se acerca mas a nosotros, y emite sonidos. Nosotros fascinados tratamos de fotografiarlo mientras la manada nos observa a la distancia, desde otro cerro. Es como si esperan a que alguien se aburra, nosotros o ellos, para continuar el camino.

Como vemos que no avanzan mas, y que es difícil fotografiar al que nos grita, es que continuamos, pero es ahí donde la manada comienza a cruzar y el gritón corre al lado de nosotros y nos da otros gritos antes de desaparecer entre los cerros. Su estrategia fue distraernos y luego aburrirnos; así cruzo toda la manada.

Pasamos la noche en medio del desierto nunca había estado en un desierto toda esa experiencia era fascinante para mi. Acampamos detrás de unas pequeñas dunas. El cielo estaba sembrado de estrellas. Era maravilloso sentir esa sensación de libertad y pequeñez ante esa inmensidad solitaria. Pensaba lo fácil que sería perderse. El desierto en el horizonte de veía infinito y todo me parecia una postal surrealista.
La temperatura bajó mucho. Ahí experimente eso que había oído decir que en el desierto hace mucho calor de día y frío de noche.

Al despertar nuestra carpa tenía hielo y la arena estaba congelada. Nada mejor en esos casos que un rico chocolate caliente, con galletas de avena para tener energías y unas frutas.

El camino era hermoso, los colores y las formaciones rocosas impresionaban y me impresionaba cómo en esa rocas peladas crecían pequeñas flores que le daba vida a esa roca inerte. De vez en  cuando veíamos a los guanacos que desde la cumbre de algún cerro nos vigilaban.

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Llegamos al Parque Llanos de Challe, seguimos pedaleando por una huella de vehículo hasta que se convirtió en un sendero en el que aparecían pequeños jardines de colores.

Entrando al Parque Llanos de Challe.

Entrando al Parque Llanos de Challe.

 

Pequeños Jardines

Pequeños Jardines

Acampamos en el Parque en pleno llano. Los guanacos de nuevo hicieron postal en el paisaje. Recorrimos algunos cerros y fotografiamos las flores. Yo estaba maravillada de esa belleza enigmática, atrayente… hasta sublime.

Flores de Llanos de Challe.

Flores de Llanos de Challe.

Desierto Florido. Magico fenomeno.

Amanecer en el Parque Los Llanos de Challe

Colores y Aromas

Salimos del Parque Llanos de Challe y continuamos por un camino que nos llevaría hacia la costa.

Camino hacia la costa.

Camino hacia la costa.

Llegamos a un pueblito costero llamado Carrizal Bajo. Nunca había oído hablar de ese pueblo, pero más tarde nos enteramos que tuvo su momento de fama durante el periodo del gobierno militar en Chile, porque por ese pueblo se interno un gran arsenal de armas, las cuales serian usadas en contra del gobierno dictatorial, la cual fue una fallida operación.

Carrizal Bajo

Carrizal Bajo

Al llegar al pueblo, un niño nos contempló con mucha curiosidad, luego se acerco y nos preguntó que hacíamos nosotros ahí. Conociendo, le conteste. Mmm… —dijo el— pero aquí no hay nada interesante como para que vengan turistas. Yo le respondí que nosotros no eramos turistas, sólo somos viajeros que nos gusta conocer nuestro país. Aah! dijo el, y luego nos recomendó donde comer; cual restaurante era mejor, aunque había solo uno. Más en confianza, nos hablo de las añañucas amarillas y de la flor garra de león, especies endémicas de ahí.

 

Añañuca Amarilla

Añañuca Amarilla

Una de las razones por la que llegamos hasta allí era para conocer la famosa garra de león, que sólo florece en el desierto y en ciertos períodos. Por lo que había leído ese era el momento en que debía florecer. No encontramos la garra de león, pero encontramos estas otras bellezas.

 

La belleza hecha flor

 

 

Finalmente le pregunté ¿Y hay más que se deba conocer acá? El niño se quedó pensando y nos dijo: tenemos un humedal. Entonces hay que conocerlo —dije, pero él titubeo —solo queda un flamenco. ¿Uno solo? pregunté. Si —dijo él— lo que pasa es que teníamos un cisne cuello negro y un flamenco. Cada uno tenia su territorio, así no peleaban. Pero un día, uno de ellos paso el límite y se pelearon, y bueno, sólo quedó el flamenco— terminó con tristeza. Pero igual sera interesante conocer al flamenco— dije para alegrarlo.

 

Colores

Continuamos hacia el norte, por un camino costero, el paisaje se torna verde, violáceo. Los violetas se mezclan con el azul del mar. El mar ruge, las olas golpean sobre las desnudas rocas, como castigándolas por detener sus intentos de ir mas allá.
Acampamos en un jardín de amarillas añañucas. Sus tallos se mecían con el viento. Era como si el viento cantara una canción de cuna, arrullándolas para dormir. Bajo ese arrullo nos dormimos nosotros también.

Después de unos días de viajar y acampar por solitarios y bellos parajes, y no encontrar la famosa garra de león. Nos movimos hacia a la urbe, a la ciudad de Huasco, un bello pueblo costero, contaminado por una fea termoeléctrica.

Huasco

Huasco

Nos quedamos una noche ahí, al día siguiente continuamos hacia el interior del valle del Huasco, poco a poco iba quedando atrás el impresionante desierto. A nuestro encuentro salían enormes y añosos olivos, gente amable que nos saludaba, ofertas de aceitunas por todos lados.

Plaza de Freirina.

Llegamos a Freirina pequeño pueblo conocido por sus aceitunas y camarones de río. Inmediatamente Freirina nos hechizó con la hospitalidad y cordialidad de su gente. La línea del tiempo parecía detenerse. Una mezcla entre un pasado colonial y ancestral diaguita, y un presente representado por grandes camiones cargando el preciado mineral. A ratos parece estar entre lo irreal y lo real, entre calles polvorientas que parecían cantar una historia, de trabajo y sudor, y por otro lado, el monstruo del progreso rugiendo, haciendo una moderna carretera.
Aun el cielo estaba estrellado cuando nos marchamos, despacio y sin ruido, fuimos dejando atrás el inmenso desierto poblado de sueños y esperanzas…

En Coquimbo tomamos el bus de regreso a nuestro hogar, trayéndonos una de las experiencias más bonitas de los milagros de la naturaleza, sentir y contemplar en plenitud el desierto florido.

En Coquimbo

En Coquimbo