El Inamible

Cuento:

de Baldomero Lillo

Un maestro en su época  del realismo social en Chile.  1867 – 1923

inamible1

Ruperto Tapia, alias “El Guarén”, guardián tercero de la policía comunal, de servicio esa
mañana en la población, iba y venía por el centro de la bocacalle con el cuerpo erguido y el
ademán grave y solemne del funcionario que está penetrado de la importancia del cargo que
desempeña.
De treinta y cinco años, regular estatura, grueso, fornido, el guardián Tapia goza de gran
prestigio entre sus camaradas. Se le considera un pozo de ciencia, pues tiene en la punta de
la lengua todas las ordenanzas y reglamentos policiales, y aun los artículos pertinentes del
Código Penal le son familiares. Contribuye a robustecer esta fama de sabiduría su voz
grave y campanuda, la entonación dogmática y sentenciosa de sus discursos y la estudiada
circunspección y seriedad de todos sus actos. Pero de todas sus cualidades, la más original
y característica es el desparpajo pasmoso con que inventa un término cuando el verdadero
no acude con la debida oportunidad a sus labios, Y tan eufónicos y pintorescos le resultan
estos vocablos, con que enriquece el idioma, que no es fácil arrancarles de la memoria
cuando se les ha oído siquiera una vez.
Mientras camina haciendo resonar sus zapatos claveteados sobre las piedras de la calzada,
en el moreno y curtido rostro de El Guarén” se ve una sombra de descontento. Le ha tocado
un sector en que el tránsito de vehículos y peatones es casi nulo. Las calles plantadas de
árboles, al pie de los cuales se desliza el agua de las acequias, estaban solitarias y va a ser
dificilísimo sorprender una infracción, por pequeña que sea. Esto le desazona, pues está
empeñado en ponerse en evidencia delante de los jefes como un funcionario celoso en el
cumplimiento de sus deberes para lograr esas jinetas de cabo que hace tiempo ambiciona.
De pronto, agudos chillidos y risas que estallan resonantes a su espalda lo hacen volverse
con presteza. A media cuadra escasa una muchacha de 16 a 17 años corre por la acera
perseguida de cerca por un mocetón que lleva en la diestra algo semejante a un latiguillo.
“El Guarén” conoce a la pareja. Ella es sirvienta en la casa de la esquina y él es Martín, el
carretelero, que regresa de las afueras de la población, donde fue en la mañana a llevar sus
caballos para darles un poco de descanso en el potrero. La muchacha, dando gritos y
risotadas, llega a la casa donde vive y se entra en ella corriendo. Su perseguidor se detiene
un momento delante de la puerta y luego avanza hacia el guardián y le dice sonriente:
—¡Cómo gritaba la picarona, y eso que no alcancé a pasarle por el cogote el bichito ese!
Y levantando la mano en alto mostró una pequeña culebra que tenía asida por la cola, y
agregó:
—Está muerta, la pillé al pie del cerro cuando fui a dejar los caballos. Si quieres te la dejo
para que te diviertas asustando a las prójimas que pasean por aquí.
Pero “El Guarén”, en vez de coger el reptil que su interlocutor le alargaba, dejó caer su
manaza sobre el hombro del carretelero y le intimó.
—Vais a acompañarme al cuartel.
¡Yo al cuartel! ¿Cómo? ¿Por qué? ¿Me lleváis preso, entonces? —profirió rojo de
indignación y sorpresa el alegre bromista de un minuto antes.
Y al aprehensor, con el tono y ademán solemnes que adoptaba en las grandes
circunstancias, le dijo, señalándole el cadáver de la culebra que él conservaba en la diestra:
—Te llevo porque andas con animales—aquí se detuvo, hesitó un instante y luego con gran
énfasis prosiguió—: Porque andas con animales inamibles en la vía pública.
Y a pesar de las protestas y súplicas del mozo, quien se había librado del cuerpo del delito,
tirándolo al agua de la acequia, el representante de la autoridad se mantuvo inflexible en su
determinación.
A la llegada al cuartel, el oficial de guardia, que dormitaba delante de la mesa, los recibió
de malísimo humor. En la noche había asistido a una comida dada por un amigo para
celebrar el bautizo de una criatura, y la falta de sueño y el efecto que aún persistía del
alcohol ingerido durante el curso de la fiesta mantenían embotado su cerebro y embrolladas
todas sus ideas. Su cabeza, según el concepto vulgar, era una olla de grillos.
Después de bostezar y revolverse en el asiento, enderezó el busto y lanzando furiosas
miradas a los inoportunos cogió la pluma y se dispuso a redactar la anotación
correspondiente en el libro de novedades. Luego de estampar los datos concernientes al
estado, edad y profesión del detenido, se detuvo e interrogó:
—¿Por qué le arrestó, guardián?
Y el interpelado, con la precisión y prontitud del que está seguro de lo que dice, contestó:
—Por andar con animales inamibles en la vía pública, mi inspector.
Se inclinó sobre el libro, pero volvió a alzar la pluma para preguntar a Tapia lo que aquella
palabra, que oía por primera vez, significaba, cuando una reflexión lo detuvo: si el vocablo
estaba bien empleado, su ignorancia iba a restarle prestigio ante un subalterno, a quien ya
una vez había corregido un error de lenguaje, teniendo más tarde la desagradable sorpresa
al comprobar que el equivocado era él. No, a toda costa había que evitar la repetición de un
hecho vergonzoso, pues el principio básico de la disciplina se derrumbaría si el inferior
tuviese razón contra el superior. Además, como se trataba de un carretelero, la palabra
aquella se refería, sin duda, a los caballos del vehículo que su conductor tal vez hacía
trabajar en malas condiciones, quién sabe si enfermos o lastimados. Esta interpretación del
asunto le pareció satisfactoria y, tranquilizado ya, se dirigió al reo:
—¿Es efectivo eso? ¿Qué dices tú?
—Sí, señor; pero yo no sabía que estaba prohibido.
Esta respuesta, que parecía confirmar la idea de que la palabra estaba bien empleada,
terminó con la vacilación del oficial que, concluyendo de escribir, ordenó en seguida al
guardián:
—Páselo al calabozo.
Momentos más tarde, reo, aprehensor y oficial se hallaban delante del prefecto de policía.
Este funcionario, que acababa de recibir una llamada por teléfono de la gobernación, estaba
impaciente por marcharse.
—¿Está hecho el parte? —preguntó.
—Sí, señor—dijo el oficial, y alargó a su superior jerárquico la hoja de papel que tenía en
la diestra.
El jefe la leyó en voz alta, y al tropezar con un término desconocido se detuvo para
interrogar: ¿Qué significa esto? —Pero no formuló la pregunta. El temor de aparecer
delante de sus subalternos ignorando le selló los labios. Ante todo había que mirar por el
prestigio de la jerarquía. Luego la reflexión de que el parte estaba escrito de puño y letra del
oficial de guardia, que no era un novato, sino un hombre entendido en el oficio, lo
tranquilizó. Bien seguro estaría de la propiedad del empleo de la palabreja, cuando la
estampó ahí con tanta seguridad. Este último argumento le pareció concluyente, y dejando
para más tarde la consulta del Diccionario para aclarar el asunto, se encaró con el reo y lo
interrogó:
—Y tú, ¿qué dices? ¿Es verdad lo que te imputan?
—Sí, señor prefecto, es cierto, no lo niego. Pero yo no sabía que estaba prohibido.
E1 jefe se encogió de hombros, y poniendo su firma en el parte, lo entregó al oficial,
ordenando:
—Que lo conduzcan al juzgado.
En la sala del juzgado, el juez, un jovencillo imberbe que, por enfermedad del titular,
ejercía el cargo en calidad de suplente, después de leer el parte en voz alta, tras un breve
instante de meditación, interrogó al reo:
—¿Es verdad lo que aquí se dice? ¿Qué tienes que alegar en tu defensa? La respuesta del
detenido fue igual a las anteriores:
—Sí, usía; es la verdad, pero yo ignoraba que estaba prohibido.
El magistrado hizo un gesto que parecía significar: “Sí, conozco la cantinela; todos dicen lo
mismo”. Y, tomando la pluma, escribió dos renglones al pie del parte policial, que en
seguida devolvió al guardián, mientras decía, fijando en el reo una severa mirada:
—Veinte días de prisión, conmutables en veinte pesos de multa.
En el cuartel el oficial de guardia hacía anotaciones en una libreta, cuando “El Guarén”
entró en la sala y, acercándose a la mesa, dijo:
—El reo pasó a la cárcel, mi inspector.
—¿Lo condenó el juez?
—Sí; a veinte días de prisión, conmutables en veinte pesos de multa; pero como a la
carretela se le quebró un resorte y hace varios días que no puede trabajar en ella, no le va a
ser posible pagar la multa. Esta mañana fue a dejar los caballos al potrero.
El estupor y la sorpresa se pintaron en el rostro del oficial.
—Pero si no andaba con la carretela, ¿cómo pudo, entonces, infringir el reglamento del
tránsito?
—El tránsito no ha tenido nada que ver con el asunto, mi inspector.
—No es posible, guardián; usted habló de animales…
—Sí, pero de animales inamibles, mi inspector, y usted sabe que los animales inamibles son
sólo tres: el sapo, la culebra y la lagartija. Martín trajo del cerro una culebra y con ella
andaba asustando a la gente en la vía pública. Mi deber era arrestarlo, y lo arresté.
Eran tales la estupefacción y el aturdimiento del oficial que, sin darse cuenta de lo que
decía, balbuceó:
—Inamibles, ¿por qué son inamibles?
El rostro astuto y socarrón de “El Guarén” expresó la mayor extrañeza. Cada vez que
inventaba un vocablo, no se consideraba su creador, sino que estimaba de buena fe que esa
palabra había existido siempre en el idioma; y si los demás la desconocían, era por pura
ignorancia. De aquí la orgullosa suficiencia y el aire de superioridad con que respondió:
—El sapo, la culebra y la lagartija asustan, dejan sin ánimo a las personas cuando se las ve
de repente. Por eso se llaman inamibles, mi inspector.
Cuando el oficial quedó solo, se desplomó sobre el asiento y alzó las manos con
desesperación. Estaba aterrado. Buena la había hecho, aceptando sin examen aquel maldito
vocablo, y su consternación subía de punto al evidenciar el fatal encadenamiento que su
error había traído consigo. Bien advirtió que su jefe, el prefecto, estuvo a punto de
interrogarlo sobre aquel término; pero no lo hizo, confiando, seguramente, en la
competencia del redactor del parte. ¡Dios misericordioso! ¡Qué catástrofe cuando se
descubriera el pastel! Y tal vez ya estaría descubierto. Porque en el juzgado, al juez y al
secretario debía haberles llamado la atención aquel vocablo que ningún Diccionario
ostentaba en sus páginas. Pero esto no era nada en comparación de lo que sucedería si el
editor del periódico local, “El Dardo”, que siempre estaba atacando a las autoridades, se
enterase del hecho. ¡Qué escándalo! ¡Ya le parecía oír el burlesco comentario que haría
caer sobre la autoridad policial una montaña de ridículo!
Se había alzado del asiento y se paseaba nervioso por la sala, tratando de encontrar un
medio de borrar la torpeza cometida, de la cual se consideraba el único culpable. De pronto
se acercó a la mesa, entintó la pluma y en la página abierta del libro de novedades, en la
última anotación y encima de la palabra que tan trastornado lo traía, dejó caer una gran
mancha de tinta. La extendió con cuidado, y luego contempló su obra con aire satisfecho.
Bajo el enorme borrón era imposible ahora descubrir el maldito término, pero esto no era
bastante; había que hacer lo mismo con el parte policial. Felizmente, la suerte érale
favorable, pues el escribiente de la Alcaldía era primo suyo, y como el alcaide estaba
enfermo, se hallaba a la sazón solo en la oficina. Sin perder un momento, se trasladó a la
cárcel, que estaba a un paso del cuartel, y lo primero que vio encima de la mesa, en
sujetapapeles, fue el malhadado parte. Aprovechando la momentánea ausencia de su
pariente, que había salido para dar algunas órdenes al personal de guardia, hizo desaparecer
bajo una mancha de tinta el término que tan despreocupadamente había puesto en
circulación. Un suspiro de alivio salió de su pecho. Estaba conjurado el peligro, el
documento era en adelante inofensivo y ninguna mala consecuencia podía derivarse de él.
Mientras iba de vuelta al cuartel, el recuerdo del carretelero lo asaltó y una sombra de
disgusto veló su rostro. De pronto se detuvo y murmuró entre dientes:
—Eso es lo que hay que hacer, y todo queda así arreglado.
Entre tanto, el prefecto no había olvidado la extraña palabra estampada en un documento
que llevaba su firma y que había aceptado, porque las graves preocupaciones que en ese
momento lo embargaban relegaron a segundo término un asunto que consideró en sí
mínimo e insignificante. Pero más tarde, un vago temor se apoderó de su ánimo, temor que
aumentó considerablemente al ver que el Diccionario no registraba la palabra sospechosa.
Sin perder tiempo, se dirigió donde el oficial de guardia, resuelto a poner en claro aquel
asunto. Pero al llegar a la puerta por el pasadizo interior de comunicación, vio entrar en la
sala a “El Guarén”, que venía de la cárcel a dar cuenta de la comisión que se le había
encomendado. Sin perder una sílaba, oyó la conversación del guardián y del oficial, y el
asombro y la cólera lo dejaron mudo e inmóvil, clavado en el pavimento.
Cuando el oficial hubo salido, entró y se dirigió a la mesa para examinar el Libro de
Novedades. La mancha de tinta que había hecho desaparecer el odioso vocablo tuvo la rara
virtud de calmar la excitación que lo poseía. Comprendió en el acto que su subordinado
debía estar en ese momento en la cáreel, repitiendo la misma operación en el maldito papel
que en mala hora había firmado. Y como la cuestión era gravísima y exigía una solución
inmediata, se propuso comprobar personalmente si el borrón salvador había ya apartado de
su cabeza aquella espada de Damocles que la amenazaba.
Al salir de la oficina del alcaide el rostro del prefecto estaba tranquilo y sonriente. Ya no
había nada que temer; la mala racha había pasado. Al cruzar el vestíbulo divisó tras la verja
de hierro un grupo de penados. Su semblante cambió de expresión y se tornó grave y
meditabundo. Todavía queda algo que arreglar en ese desagradable negocio, pensó. Y tal
vez el remedio no estaba distante, porque murmuró a media voz:
“Eso es lo que hay que hacer; así queda todo solucionado.”
Al llegar a la casa, el juez, que había abandonado el juzgado ese día un poco más temprano
que de costumbre, encontró a “El Guarén” delante de la puerta, cuadrado militarmente.
Habíanlo designado para el primer turno de punto fijo en la casa del magistrado. Este, al
verle, recordó el extraño vocablo del parte policial, cuyo significado era para él un enigma
indescifrable. En el Diccionario no existía y por más que registraba su memoria no hallaba
en ella rastro de un término semejante.
Como la curiosidad lo consumía, decidió interrogar diplomáticamente al guardián para
inquirir de un modo indirecto algún indicio sobre el asunto. Contestó el saludo del
guardián, y le dijo afable y sonriente:
—Lo felicito por su celo en perseguir a los que maltratan a los animales. Hay gentes muy
salvajes. Me refiero al carretelero que arrestó usted esta mañana, por andar, sin duda, con
los caballos heridos o extenuados.
A medida que el magistrado pronunciaba estas palabras, el rostro de “El Guarén” iba
cambiando de expresión. La sonrisa servil y gesto respetuoso desaparecieron y fueron
reemplazados por un airecillo impertinente y despectivo. Luego, con un tono irónico bien
marcado, hizo una relación exacta de los hechos, repitiendo lo que ya había dicho, en el
cuartel, al oficial de guardia.
E1 juez oyó todo aquello manteniendo a duras penas su seriedad, y al entrar en la casa iba a
dar rienda suelta a la risa que le retozaba en el cuerpo, cuando el recuerdo del carretelero, a
quien había enviado a la cárcel por un delito imaginario, calmó súbitamente su alegría.
Sentado en su escritorio, meditó largo rato profundamente, y de pronto, como si hubiese
hallado la solución de un arduo problema, profirió con voz queda:
—Sí, no hay duda, es lo mejor, lo más práctico que se puede hacer en este caso.
En la mañana del día siguiente de su arresto, el carretelero fue conducido a presencia del
alcaide de la cárcel, y este funcionario le mostró tres cartas, en cuyos sobres, escritos a
máquina, se leía:
Señor alcaide de la Cárcel de. . .—Para entregar a Martín Escobar. (Este era el nombre del
detenido.)
Rotos los sobres, encontró que cada uno contenía un billete de veinte pesos. Ningún escrito
acompañaba el misterioso envío. El alcaide señaló al detenido el dinero, y le dijo sonriente:
—Tome, amigo, esto es suyo, le pertenece.
E1 reo cogió dos billetes y dejó el tercero sobre la mesa, profiriendo:
—Ese es para pagar la multa, señor alcaide.
Un instante después, Martín el carretelero se encontraba en la calle, y decía, mientras
contemplaba amorosamente los dos billetes:
—Cuando se me acaben, voy al cerro, pillo un animal inamible, me tropiezo con “El
Guarén” y ¡zas! al otro día en el bolsillo tres papelitos iguales a éstos.

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