Doña Tato

Uno de los cuentos que leí muchas veces cuando era niña “Doña Tato” me encantaba imaginar aquella vieja gruñona muchas veces la comparaba con una de las señoras que le ayudaban a mi mamá en los quehaceres domésticos, pero creo nadie superaba a doña Tato.
Al volver a leer el cuento ahora adulta y entre los años que han pasado y los cambios sociales y culturales que han ocurrido en mi país, me doy cuenta cuan distinto es el vocabulario empleado y el rol de la mujer como a cambiado en la sociedad. Hoy en día no me imagino a una mujer preparándose para ser una buena ama de casa, y con toda una corte de sirvientes, aunque tal ves, si existe. Por lo menos en mi círculos eso esta extinto.

Cuento:  Marta Brunet

Escritora chilena (1897 – 1967) publico sus primeros cuentos en los diarios santiaguinos. 1961 recibió el premio Nacional de Literatura.

Doña Tato y Paquito

 

Llegó prestigiada por treinta años de servicios en casa de unas viejecitas solteronas que acababan de morir con pocos días de diferencia. Sabía cocina y repostería. Exigía una pieza dormitorio para su uso particular y que le aceptaran un gato negro, gordiflón y taciturno. Ella se llamaba Tránsito; él, “Paquito”. Porque siempre iban juntos, pareja estrafalaria: doña Tato, vieja, magra, la cara llena de arrugas hondas convergentes a la boca, el trasero saliente, los brazos muy largos y hábito del Carmen; “Paquito”, desmadejado, bostezante, silencioso en sus escarpines blancos.

Lo trastornaron todo en casa. La vieja empezó por expulsar de la cocina a los otros gatos y a las otras sirvientas. La cocina era suya. Sólo a mí –con aires de condescendencia– me dejaba entrar. Encerrada con llave se entendía con las sirvientas por el torno, y si alguna quería deslizarse adentro o insinuaba el propósito, la insultaba, mezclando a los dicterios tiradas de latines. Y como vomitando ese mejunje al par que aspeaba los largos brazos tenía algo de bruja, la creyeron en pacto con el demonio y, horrorizadas, la dejaron vivir a su placer.

Los gatos tardaron más en darse por vencidos. Llegaban oteando por el torno o la ventana, buscando piltrafas, ansiosos de rescoldo. Y hallaban un brazo y una escoba mucho más largos que lo previsto y que siempre, invariablemente, les caían en medio del lomo. Hasta que uno quedó descaderado no parecieron tomar en serio el peligro que era la vieja. Desde entonces se refugiaron en el repostero, junto al anafe y las otras sirvientas, en acercamiento de víctimas del mismo poder.

Al principio hubo muchas protestas. A cada rato llegaba alguna mujer en son de acuse, y hasta los gatos –en su idioma– supongo que me darían quejas. Prometía amonestarla y hasta ponerla en la calle si no cambiaba de conducta. Pero cuando al anochecer venía doña Tato llena de majestad –seguida por “Paquito”– a tomar órdenes para el día siguiente, mis propósitos se iban arrastrados por la marea de respeto rayano en terror que la vieja me producía.

Empezaba mi aprendizaje de ama de casa; la falta de conocimiento y de práctica me hacía indecisa, débil, temerosa. Doña Tato se daba perfecta cuenta de su superioridad. Fingiéndose humilde, empezaba siempre:

–Aquí estoy a las órdenes de su mercé.

–¿Cómo está, doña Tato?

–Muy bien, para servirle. ¿Qué haremos mañana?

Yo me ponía a pensar en minutas, buscando con verdadera ansia en mis recuerdos los nombres de todos los guisos que conocía, y siempre, siempre, encontraba sólo aquellos que comiera en la mañana o–alejándome un poco–en la noche anterior.

Doña Tato decía al descuido:

–“Paquito” está bien.

Mala iba la cosa… Cuando no se le preguntaba por el gato, se ponía de peor humor que el pésimo de costumbre.

–Haremos…, haremos… budín de coliflor y berenjenas rellenas con queso.

Y la miraba, feliz de mi hallazgo, porque tenía la perfecta seguridad de no haber comido coliflor hacía largos meses.

–¡Es el tiempo ahora! –y en semicírculo, de pared a pared, su mirada ponía al salón por testigo de mi imbecilidad.

Pero yo, realmente imbécil, insistía porfiada:

–Quiero budín de coliflor… Debe haber coliflor en conserva y berenjenas también.

La vieja saltaba furiosa:

–Tamién…, tamién… ¿Y qué más? ¿Un pajarito volando tamién? Estas iñoritas que no saben ónde están parás y se meten a disponer. Ora pro nobis… Tamién… Yo sabré lo que hago mañana. ¡No faltaba otra cosa! Cuando una ha servío treinta años en una casa no tiene pa’ qué andar mendigando mandares. Per Christum Dominum nostrum. . . ¿Qué te parece, “Paquito”? Si no juera por mí te mataban de hambre. Nicolasa…, pa’ tu casa. Amén.

Y se marchaba de estampía, seguida perezosamente por el gato, dejándome humillada, indignada y amedrentada. Hasta que opté por abandonar mis aires de dueña de casa y decirle que no viniera más a tomar órdenes, que dispusiera ella a su antojo. Comíamos admirablemente. En el servicio había orden. En las cuentas, economías. ¿Qué más pedir?

La doncella me contó cómo rezaba la vieja el rosario, los rosarios, porque el día entero se pasaba en eso. Trajinando, siempre en una actividad enfermiza por lo continua, doña Tato murmuraba las avemarías a media voz, y al terminar, en el amén, agregaba un número, de uno a diez, para contar las decenas sin necesidad de tener en las manos un rosario que le impidiera seguir en sus quehaceres. Y los misterios los señalaba en la repisa con cinco papas que iba sacando de un cajón.

Lo encontré tan cómico que fui a mirarla y a oírla por el torno disimuladamente. Y era cierto. Desgranaba porotos e iba diciendo:

–Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén. Ocho. Dios te salve, María… Amén. Nueve. Dios te salve… Santa María… Diez.

Y puso una papa negra junto a las otras dos que estaban en la repisa.

Pero otro día me trajeron una historia que no me agradó ni pizca. Al llegar del mercado, doña Tato colocaba en el mesón toda la carne, llamaba a “Paquito” y decía:

–Elija, mi lindo.

Y el gato oliscaba trozo a trozo hasta hallar uno a su gusto para comérselo.

Hice llamar a doña Tato. Con mucho miedo, pero mucho valor, le dije:

–No es posible que cuando usted llega del mercado haga que “Paquito” meta el hocico en toda la carne para elegir su pedazo. Eso es muy sucio, doña Tato.

–Sucio…, sucio… ¿Y qué más? Miserere nobis. ¿”Paquito” sucio? Ya quisiera su mercé tener la boca tan limpia como “Paquito”. Ora pro nobis, sancta Dei Genitrix. “Paquito” no se pone porquerías de pinturas en la cara ni menos en el hocico. Vade retro. ..

¡Era el colmo! Fui yo quien salió de estampía para llegarme al escritorio de Pedro y decidirlo con muchos arrumacos a despedir él a la vieja insolente.

Fue. Llegó a la puerta de la cocina, tocó con los nudillos. Se abrió el torno, apareciendo la cara mal agestada.

–Doña Tato…–pudo decir.

–Si quiere alguna cosa–interrumpió– ; pídasela a la Petronila. Aquí no moleste.

Y cerró de golpe el postigo.

Pedro volvió mohíno y me dijo que era yo la llamada a echar a la vieja; que él, abogado de veintitrés años, con mujer y casa –aunque sin clientela, esto lo agrego yo–, no podía descender a esas pequeñeces. Y que, además, otra vez posiblemente no lograría dominarse y pondría a la vieja en la calle a fuerza de puntapiés. Mentira. Le pasó lo que a todos: le tuvo miedo a doña Tato. Y así siguió ésta inexpugnable en la cocina.

Por ese entonces, Pedro trajo varias veces invitados a comer. La segunda vez, doña Tato llegó como un basilisco a decirme:

–¿Qué se han imaginado que voy a pasarme alimentando hambrientos ociosos? Agnus Dei, qui tollis peccata mundi. Ni lesa que fuera…

–Pero, doña Tato…

–Si viene gente a comer, me mando a cambiar al tiro.

Y yo, iluminada, le contesté suavemente:

–Mire, Tatito, le diré con franqueza que Pedro quiere traer todos los días un amigo a comer. Si no está conforme con esto, lo mejor será que se vaya…, que busque ocupación en otra casa.

Me miraba con los ojillos desconfiados agudos de malicia y al fin dijo, riendo marrullera:

–¡Je! Era pa’ eso… Vade retro… No se incomode su mercé. No pienso irme, porque estoy muy a gusto y “Paquito” tamién. Deo gratias. Pero a esos ociosos .., ¡ya los espantaré!

Y los espantó, claro, porque siempre que teníamos invitados salaba o ahumaba la comida. Hubo a veces que improvisarlo todo con conservas.

Pensamos recurrir a la policía para echar a la vieja. Y tras mucha vacilación acabé por escribirle una carta muy atenta, con tres faltas de ortografía que corrigió Pedro, diciéndole que si no se retiraba para el 1º del mes siguiente, llamaríamos al carabinero para obligarla a irse.

Y llegó el 1º y pasó una semana y doña Tato no se iba. La hallé en el patio una tarde y le pregunté tímidamente:

–¿Cuándo se va, doña Tato?

–¿Usted cree que yo soy de las que duran un mes en cada casa? In nomine Patris et Filii et Spiritus Sanctis. Aquí estaré otros treinta años. Amén.

Entonces –acuciados por el miedo a soportar per omnia secula seculorum a la vieja–, Pedro tuvo una idea genial: le escribió a mi madre, invitándola a pasar unos días con nosotros. Y llegó mi madre con empaque de juez y ojos escrutadores.

No dijimos nada; pero a la segunda comida, ante los guisos desastrosamente quemados, peores que en la mañana, mi madre estalló en preguntas rápidas que Pedro y yo contestábamos, atropellándonos para narrar nuestras desdichas bajo la tiranía de doña Tato.

Ante nuestros ojos mi madre adquiría su gran aire de emperatriz. Se puso de pie y salió, diciéndonos:

–Van a ver ustedes…

Nos mirábamos aterrados. Mirábamos la puerta esperando ver surgir en su vano a doña Tato, persiguiendo a mi madre con el largo brazo y la larga escoba, al par que fulminaba denuestos y latines para nuestra total exterminación.

Se oían voces, gritos, portazos, chillidos, caer de loza, carreras: todo simultáneamente. Luego un gran silencio.

Angustiada, hecha un ovillo toda contra Pedro, dije temblando:

–Anda a ver… Con tal que no la haya matado…

Pero entraba mi madre con largo paso tranquilo y ojos duros de triunfadora.

–Ya se va. Mañana mandará a buscar sus cosas.

Nos mirábamos atónitos. ¿Doña Tato? Pero…

La vimos pasar por la puerta abierta al patio. Iba con el cuello extendido, como temiendo un peligro, ladeado el moño, arrebozada en un chalón que le ceñía el trasero grotescamente, con “Paquito” en brazos, somnoliento y friolero.

Pasaba…, se alejaba…, se iba…

Y sin saber por qué, me eché a llorar en la corbata de Pedro.

Vocabulario
anafe : Hornillo portátil de hierro, barro, piedra o ladrillo y yeso
desmadejado : Flojo, cansado, débil
mejunje : Sustancia pastosa,mezcla de aspecto desagradable
piltrafas : residuos de alimentos o desechos de otras cosas
su mercé : señora
iñoritas : señoritas
mohíno : Triste,melancólico,disgustado
chalón : Manto o mantón negro
denuestos : Injuria grave de palabra
latines : palabrotas
tamien : tambien
mandares : Encargar una cosa a una persona

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