El desierto mas árido del mundo. Florece a la vuelta de mi pedal.

Lo maravilloso de viajar, es el poder maravillarse del mundo que nos rodea.

Nací en el sur de Chile  y gran parte de mi vida la he vivido en esa zona. No conocía la parte norte de Chile. Muchas veces había oído hablar del desierto florido, por imágenes en internet veía algo maravilloso, pero nunca mi tiempo coincidía con dicha floración. Hasta que se dio el momento.
Con nuestras bicicletas fieles compañeras de viaje, con mucho entusiasmo y ansias por esta nueva aventura con Daniel emprendimos el viaje. Tomamos un bus hasta Vallenar. Desde ahí comenzaría el pedaleo.

Llegamos de amanecida a Vallenar. Armamos nuestras bicicletas  y nos fuimos a recorrer la ciudad. Lo primero que llamo mi atención fue que la ciudad estaba en un hoyo y que había poca vegetación y un pequeño río cruzaba la ciudad. Fuimos hacia la plaza; siempre que viajo me gusta conocer las plazas de los pueblos. Es ahí (desde mi punto de vista) donde un viajero puede observar a la gente de una ciudad y su cotidiana vida más directamente.

Iglesia en la Plaza de Vallenar

Iglesia en la Plaza de Vallenar

Poco a poco el pueblo fue cobrando vida. Gente apurada hiendo a trabajar o a hacer trámites, almacenes que habrían sus cortinas, estudiantes, vendedores, los colectivos o taxis trasladando pasajeros. La ciudad había despertado.

Pasaban y nos saludaban con asombro al ver que viajábamos en bicicleta. Los menos tímidos se acercaron a conversar y a preguntarnos de dónde veníamos y darnos datos de que lugares conocer. En medio de todo eso, yo observaba que toda la gente salia con su escoba y barría el frontis de sus casas o tiendas. No en muchos pueblos que he recorrido he visto esa matinal costumbre. Me agrado mucho, porque veía a la gente sonreír, saludarse y comentar una que otra cosa, era como en los cuentos donde la gente es feliz. Luego todos volvían a sus rutinas. Sería genial que la gente de la gran capital se tomara esa pausa para socializar. Solo una ilusión.
Después de desayunar, tomamos la carretera rumbo a Copiapó.  Yo abría bien grandes mis ojos para capturar cada detalle del camino; no quería perderme de nada. A la vez, saludaba a los camioneros que alegremente nos saludaban con sus bocinas. El paisaje se tornaba gris, en el infinito el cielo nubes se juntaba con los grises, la vegetación desapareció por completo, era un verdadero desierto, pero no dejaba de ser bello ver la gama de colores, azul, violeta, rosado, rojo, café y gris.

ruta entre Vallenar y Copiapo. Chile

Desierto

Después de varias horas de pedaleo nos dio hambre, y vimos que los camiones se salían de la carretera y estacionaban al lado de una pequeña casa que decía restaurante. Nos acercamos también. Estaba lleno, sin una mesa desocupada y con una larga fila de hombres hambrientos esperando turno. Así que decidimos seguir.

A unos 3 kilómetros más arriba nos encontramos con otra casa restaurante, pasamos y ésta tenia menos clientes. Cuando nos sirvieron aquel tremendo plato de comida, nos dimos cuenta que estábamos en ese otro Chile, que no es Santiago. Este país es una larga y angosta faja, en la que cada región tiene su belleza particular y donde su gente es única en cada lugar.

Restaurante en el desierto.

Con la guatita llena y el corazón contento (dicho sureño) continuamos el pedaleo.

Nos salimos de la carretera y tomamos un camino minero que nos llevaría hacia el Parque Nacional Llanos de Challe. Aquí el camino se torna más bonito y solitario. No hay camiones.

La superficie es muy suave, espectacular para las bicicletas. La gente de la zona le llama caminos de “vichuquita”, que en el fondo son caminos estabilizados con sal. La vichuquita nos permite desplazarnos con mayor rapidez y suavidad.

Camino de vichuquita.

Comienzan aparecer los primeros capullos de flores. Parece que sonríen moviéndose con el viento. Le ponen más color a este desierto. Los cerros son de color café, con vetas negras, como si alguien con una brocha pintara franjas negras, haciéndolo más hermosos y misteriosos.
En solitario pedaleamos por esos caminos, donde corre viento. A ratos hace ráfagas que dificultan el pedaleo, pero que refresca de los intensos rayos de sol. Pequeñas y tímidas florcitas adornan el camino, expelen suave perfume que llega hasta nuestras narices.

La vida florece.

Escucho un extraño sonido. Me detengo a observar de donde viene y veo, en lo alto de uno de los cerros cafés, unos puntos, también cafés, que se mueven. Nos quedamos quietos, observando como una manada de guanacos viene en dirección hacia nosotros. Quieren cruzar el camino, pero al olernos se detienen, se hacen gestos entre ellos. Uno se acerca mas a nosotros, y emite sonidos. Nosotros fascinados tratamos de fotografiarlo mientras la manada nos observa a la distancia, desde otro cerro. Es como si esperan a que alguien se aburra, nosotros o ellos, para continuar el camino.

Como vemos que no avanzan mas, y que es difícil fotografiar al que nos grita, es que continuamos, pero es ahí donde la manada comienza a cruzar y el gritón corre al lado de nosotros y nos da otros gritos antes de desaparecer entre los cerros. Su estrategia fue distraernos y luego aburrirnos; así cruzo toda la manada.

Pasamos la noche en medio del desierto nunca había estado en un desierto toda esa experiencia era fascinante para mi. Acampamos detrás de unas pequeñas dunas. El cielo estaba sembrado de estrellas. Era maravilloso sentir esa sensación de libertad y pequeñez ante esa inmensidad solitaria. Pensaba lo fácil que sería perderse. El desierto en el horizonte de veía infinito y todo me parecia una postal surrealista.
La temperatura bajó mucho. Ahí experimente eso que había oído decir que en el desierto hace mucho calor de día y frío de noche.

Al despertar nuestra carpa tenía hielo y la arena estaba congelada. Nada mejor en esos casos que un rico chocolate caliente, con galletas de avena para tener energías y unas frutas.

El camino era hermoso, los colores y las formaciones rocosas impresionaban y me impresionaba cómo en esa rocas peladas crecían pequeñas flores que le daba vida a esa roca inerte. De vez en  cuando veíamos a los guanacos que desde la cumbre de algún cerro nos vigilaban.

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Llegamos al Parque Llanos de Challe, seguimos pedaleando por una huella de vehículo hasta que se convirtió en un sendero en el que aparecían pequeños jardines de colores.

Entrando al Parque Llanos de Challe.

Entrando al Parque Llanos de Challe.

 

Pequeños Jardines

Pequeños Jardines

Acampamos en el Parque en pleno llano. Los guanacos de nuevo hicieron postal en el paisaje. Recorrimos algunos cerros y fotografiamos las flores. Yo estaba maravillada de esa belleza enigmática, atrayente… hasta sublime.

Flores de Llanos de Challe.

Flores de Llanos de Challe.

Desierto Florido. Magico fenomeno.

Amanecer en el Parque Los Llanos de Challe

Colores y Aromas

Salimos del Parque Llanos de Challe y continuamos por un camino que nos llevaría hacia la costa.

Camino hacia la costa.

Camino hacia la costa.

Llegamos a un pueblito costero llamado Carrizal Bajo. Nunca había oído hablar de ese pueblo, pero más tarde nos enteramos que tuvo su momento de fama durante el periodo del gobierno militar en Chile, porque por ese pueblo se interno un gran arsenal de armas, las cuales serian usadas en contra del gobierno dictatorial, la cual fue una fallida operación.

Carrizal Bajo

Carrizal Bajo

Al llegar al pueblo, un niño nos contempló con mucha curiosidad, luego se acerco y nos preguntó que hacíamos nosotros ahí. Conociendo, le conteste. Mmm… —dijo el— pero aquí no hay nada interesante como para que vengan turistas. Yo le respondí que nosotros no eramos turistas, sólo somos viajeros que nos gusta conocer nuestro país. Aah! dijo el, y luego nos recomendó donde comer; cual restaurante era mejor, aunque había solo uno. Más en confianza, nos hablo de las añañucas amarillas y de la flor garra de león, especies endémicas de ahí.

 

Añañuca Amarilla

Añañuca Amarilla

Una de las razones por la que llegamos hasta allí era para conocer la famosa garra de león, que sólo florece en el desierto y en ciertos períodos. Por lo que había leído ese era el momento en que debía florecer. No encontramos la garra de león, pero encontramos estas otras bellezas.

 

La belleza hecha flor

 

 

Finalmente le pregunté ¿Y hay más que se deba conocer acá? El niño se quedó pensando y nos dijo: tenemos un humedal. Entonces hay que conocerlo —dije, pero él titubeo —solo queda un flamenco. ¿Uno solo? pregunté. Si —dijo él— lo que pasa es que teníamos un cisne cuello negro y un flamenco. Cada uno tenia su territorio, así no peleaban. Pero un día, uno de ellos paso el límite y se pelearon, y bueno, sólo quedó el flamenco— terminó con tristeza. Pero igual sera interesante conocer al flamenco— dije para alegrarlo.

 

Colores

Continuamos hacia el norte, por un camino costero, el paisaje se torna verde, violáceo. Los violetas se mezclan con el azul del mar. El mar ruge, las olas golpean sobre las desnudas rocas, como castigándolas por detener sus intentos de ir mas allá.
Acampamos en un jardín de amarillas añañucas. Sus tallos se mecían con el viento. Era como si el viento cantara una canción de cuna, arrullándolas para dormir. Bajo ese arrullo nos dormimos nosotros también.

Después de unos días de viajar y acampar por solitarios y bellos parajes, y no encontrar la famosa garra de león. Nos movimos hacia a la urbe, a la ciudad de Huasco, un bello pueblo costero, contaminado por una fea termoeléctrica.

Huasco

Huasco

Nos quedamos una noche ahí, al día siguiente continuamos hacia el interior del valle del Huasco, poco a poco iba quedando atrás el impresionante desierto. A nuestro encuentro salían enormes y añosos olivos, gente amable que nos saludaba, ofertas de aceitunas por todos lados.

Plaza de Freirina.

Llegamos a Freirina pequeño pueblo conocido por sus aceitunas y camarones de río. Inmediatamente Freirina nos hechizó con la hospitalidad y cordialidad de su gente. La línea del tiempo parecía detenerse. Una mezcla entre un pasado colonial y ancestral diaguita, y un presente representado por grandes camiones cargando el preciado mineral. A ratos parece estar entre lo irreal y lo real, entre calles polvorientas que parecían cantar una historia, de trabajo y sudor, y por otro lado, el monstruo del progreso rugiendo, haciendo una moderna carretera.
Aun el cielo estaba estrellado cuando nos marchamos, despacio y sin ruido, fuimos dejando atrás el inmenso desierto poblado de sueños y esperanzas…

En Coquimbo tomamos el bus de regreso a nuestro hogar, trayéndonos una de las experiencias más bonitas de los milagros de la naturaleza, sentir y contemplar en plenitud el desierto florido.

En Coquimbo

En Coquimbo

Historias Flor de Quila

Caminando por unos bosques encontramos varias quilas en flor y  a propósito de esta floración. Me acordé de las historias de mi abuelo.

Flor de la Quila

Flor de la Quila

El decía que cuando la quila florecía era un mal presagio, seguro habrían hambrunas, y desastres.

Que en una ocasión en que la quila floreció habían tanto ratones que tenían que dormir con un palo al lado para poder defenderse de los ataques de estos,  que en un descuido de las madres los ratones le habían comido las manitos y cara a varios niños. Que se comían el trigo, las papas y todo lo que encontraban entonces el alimento escaseaba para la población y las familias pasaban hambre. Cuando sacaban agua del pozo salían los ratones medios ahogados flotando en los baldes. Imagino en esos tiempos igual las familias que vivían en los campos eran numerosas y vivían un poco aisladas unas de otras.

Mi abuelo vivía en el campo y tenia muchos hijos cosa que no debió ser fácil para criar a tanto chiquillo y en una época en que todo escaseaba así que cualquier cosa habría sido presagio de la mala fortuna. Pero al recordar sus historias de plagas y hambrunas por culpa de la quila. No puedo dejar de pensar que tenían mucha lógica.

Bosque con Quila

Bosque con Quila

La quila es una especie de bambú y florece en ciclos de 15 a 20 años, puede florecer por pequeñas sectores o puede florecer toda una zona. Cada vez que florece se muere la planta. Su semilla es un alimento muy nutritivo para los ratones ayuda a que la familia de ratones aumente más de lo normal. Como es un arbusto con una resina muy inflamable ayuda a que los incendios se propaguen con más facilidad.

Al provocarse los incendios, a los ratones se les termina la buena vida así que emigran hacía los poblados, arrasando con los cultivos y alimentos guardados.  Entre todos estos emigrantes esta el ratón de cola larga que no solo se come todo, si no que contamina con su orina y fecas lugares y alimentos con un peligroso virus para el ser humano. Este virus es el HANTA, sobre todo hoy en día hay que tener cuidado con este virus porque si no se trata a tiempo puede ser mortal.

Pero no todo es desastre con la quila. En épocas en que los inviernos son duros y los pastos escasean en el campo se recurre a la quila como forraje para los animales (vacas, caballos, ovejas). Como es un madera flexible se utiliza para hacer muebles, cercos o techumbres.

La memoria guarda infinitos recuerdos, que aveces estan más presentes de lo que uno piensa, la quila me trajo esos recuerdos de mi abuelo. Creó que todos de una forma u otra guardamos esas historias que una vez tú abuelo te contaba y la vez tan lejanas, que piensas que son como  sueños.  Pero un día se vuelven tan presente como cuando vi esas quilas en flor.

Ahora el Hanta es preocupante y sí tienes dudas al respecto puedes visitar la pagina del MISAL