El desierto mas árido del mundo. Florece a la vuelta de mi pedal.

Lo maravilloso de viajar, es el poder maravillarse del mundo que nos rodea.

Nací en el sur de Chile  y gran parte de mi vida la he vivido en esa zona. No conocía la parte norte de Chile. Muchas veces había oído hablar del desierto florido, por imágenes en internet veía algo maravilloso, pero nunca mi tiempo coincidía con dicha floración. Hasta que se dio el momento.
Con nuestras bicicletas fieles compañeras de viaje, con mucho entusiasmo y ansias por esta nueva aventura con Daniel emprendimos el viaje. Tomamos un bus hasta Vallenar. Desde ahí comenzaría el pedaleo.

Llegamos de amanecida a Vallenar. Armamos nuestras bicicletas  y nos fuimos a recorrer la ciudad. Lo primero que llamo mi atención fue que la ciudad estaba en un hoyo y que había poca vegetación y un pequeño río cruzaba la ciudad. Fuimos hacia la plaza; siempre que viajo me gusta conocer las plazas de los pueblos. Es ahí (desde mi punto de vista) donde un viajero puede observar a la gente de una ciudad y su cotidiana vida más directamente.

Iglesia en la Plaza de Vallenar

Iglesia en la Plaza de Vallenar

Poco a poco el pueblo fue cobrando vida. Gente apurada hiendo a trabajar o a hacer trámites, almacenes que habrían sus cortinas, estudiantes, vendedores, los colectivos o taxis trasladando pasajeros. La ciudad había despertado.

Pasaban y nos saludaban con asombro al ver que viajábamos en bicicleta. Los menos tímidos se acercaron a conversar y a preguntarnos de dónde veníamos y darnos datos de que lugares conocer. En medio de todo eso, yo observaba que toda la gente salia con su escoba y barría el frontis de sus casas o tiendas. No en muchos pueblos que he recorrido he visto esa matinal costumbre. Me agrado mucho, porque veía a la gente sonreír, saludarse y comentar una que otra cosa, era como en los cuentos donde la gente es feliz. Luego todos volvían a sus rutinas. Sería genial que la gente de la gran capital se tomara esa pausa para socializar. Solo una ilusión.
Después de desayunar, tomamos la carretera rumbo a Copiapó.  Yo abría bien grandes mis ojos para capturar cada detalle del camino; no quería perderme de nada. A la vez, saludaba a los camioneros que alegremente nos saludaban con sus bocinas. El paisaje se tornaba gris, en el infinito el cielo nubes se juntaba con los grises, la vegetación desapareció por completo, era un verdadero desierto, pero no dejaba de ser bello ver la gama de colores, azul, violeta, rosado, rojo, café y gris.

ruta entre Vallenar y Copiapo. Chile

Desierto

Después de varias horas de pedaleo nos dio hambre, y vimos que los camiones se salían de la carretera y estacionaban al lado de una pequeña casa que decía restaurante. Nos acercamos también. Estaba lleno, sin una mesa desocupada y con una larga fila de hombres hambrientos esperando turno. Así que decidimos seguir.

A unos 3 kilómetros más arriba nos encontramos con otra casa restaurante, pasamos y ésta tenia menos clientes. Cuando nos sirvieron aquel tremendo plato de comida, nos dimos cuenta que estábamos en ese otro Chile, que no es Santiago. Este país es una larga y angosta faja, en la que cada región tiene su belleza particular y donde su gente es única en cada lugar.

Restaurante en el desierto.

Con la guatita llena y el corazón contento (dicho sureño) continuamos el pedaleo.

Nos salimos de la carretera y tomamos un camino minero que nos llevaría hacia el Parque Nacional Llanos de Challe. Aquí el camino se torna más bonito y solitario. No hay camiones.

La superficie es muy suave, espectacular para las bicicletas. La gente de la zona le llama caminos de “vichuquita”, que en el fondo son caminos estabilizados con sal. La vichuquita nos permite desplazarnos con mayor rapidez y suavidad.

Camino de vichuquita.

Comienzan aparecer los primeros capullos de flores. Parece que sonríen moviéndose con el viento. Le ponen más color a este desierto. Los cerros son de color café, con vetas negras, como si alguien con una brocha pintara franjas negras, haciéndolo más hermosos y misteriosos.
En solitario pedaleamos por esos caminos, donde corre viento. A ratos hace ráfagas que dificultan el pedaleo, pero que refresca de los intensos rayos de sol. Pequeñas y tímidas florcitas adornan el camino, expelen suave perfume que llega hasta nuestras narices.

La vida florece.

Escucho un extraño sonido. Me detengo a observar de donde viene y veo, en lo alto de uno de los cerros cafés, unos puntos, también cafés, que se mueven. Nos quedamos quietos, observando como una manada de guanacos viene en dirección hacia nosotros. Quieren cruzar el camino, pero al olernos se detienen, se hacen gestos entre ellos. Uno se acerca mas a nosotros, y emite sonidos. Nosotros fascinados tratamos de fotografiarlo mientras la manada nos observa a la distancia, desde otro cerro. Es como si esperan a que alguien se aburra, nosotros o ellos, para continuar el camino.

Como vemos que no avanzan mas, y que es difícil fotografiar al que nos grita, es que continuamos, pero es ahí donde la manada comienza a cruzar y el gritón corre al lado de nosotros y nos da otros gritos antes de desaparecer entre los cerros. Su estrategia fue distraernos y luego aburrirnos; así cruzo toda la manada.

Pasamos la noche en medio del desierto nunca había estado en un desierto toda esa experiencia era fascinante para mi. Acampamos detrás de unas pequeñas dunas. El cielo estaba sembrado de estrellas. Era maravilloso sentir esa sensación de libertad y pequeñez ante esa inmensidad solitaria. Pensaba lo fácil que sería perderse. El desierto en el horizonte de veía infinito y todo me parecia una postal surrealista.
La temperatura bajó mucho. Ahí experimente eso que había oído decir que en el desierto hace mucho calor de día y frío de noche.

Al despertar nuestra carpa tenía hielo y la arena estaba congelada. Nada mejor en esos casos que un rico chocolate caliente, con galletas de avena para tener energías y unas frutas.

El camino era hermoso, los colores y las formaciones rocosas impresionaban y me impresionaba cómo en esa rocas peladas crecían pequeñas flores que le daba vida a esa roca inerte. De vez en  cuando veíamos a los guanacos que desde la cumbre de algún cerro nos vigilaban.

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Llegamos al Parque Llanos de Challe, seguimos pedaleando por una huella de vehículo hasta que se convirtió en un sendero en el que aparecían pequeños jardines de colores.

Entrando al Parque Llanos de Challe.

Entrando al Parque Llanos de Challe.

 

Pequeños Jardines

Pequeños Jardines

Acampamos en el Parque en pleno llano. Los guanacos de nuevo hicieron postal en el paisaje. Recorrimos algunos cerros y fotografiamos las flores. Yo estaba maravillada de esa belleza enigmática, atrayente… hasta sublime.

Flores de Llanos de Challe.

Flores de Llanos de Challe.

Desierto Florido. Magico fenomeno.

Amanecer en el Parque Los Llanos de Challe

Colores y Aromas

Salimos del Parque Llanos de Challe y continuamos por un camino que nos llevaría hacia la costa.

Camino hacia la costa.

Camino hacia la costa.

Llegamos a un pueblito costero llamado Carrizal Bajo. Nunca había oído hablar de ese pueblo, pero más tarde nos enteramos que tuvo su momento de fama durante el periodo del gobierno militar en Chile, porque por ese pueblo se interno un gran arsenal de armas, las cuales serian usadas en contra del gobierno dictatorial, la cual fue una fallida operación.

Carrizal Bajo

Carrizal Bajo

Al llegar al pueblo, un niño nos contempló con mucha curiosidad, luego se acerco y nos preguntó que hacíamos nosotros ahí. Conociendo, le conteste. Mmm… —dijo el— pero aquí no hay nada interesante como para que vengan turistas. Yo le respondí que nosotros no eramos turistas, sólo somos viajeros que nos gusta conocer nuestro país. Aah! dijo el, y luego nos recomendó donde comer; cual restaurante era mejor, aunque había solo uno. Más en confianza, nos hablo de las añañucas amarillas y de la flor garra de león, especies endémicas de ahí.

 

Añañuca Amarilla

Añañuca Amarilla

Una de las razones por la que llegamos hasta allí era para conocer la famosa garra de león, que sólo florece en el desierto y en ciertos períodos. Por lo que había leído ese era el momento en que debía florecer. No encontramos la garra de león, pero encontramos estas otras bellezas.

 

La belleza hecha flor

 

 

Finalmente le pregunté ¿Y hay más que se deba conocer acá? El niño se quedó pensando y nos dijo: tenemos un humedal. Entonces hay que conocerlo —dije, pero él titubeo —solo queda un flamenco. ¿Uno solo? pregunté. Si —dijo él— lo que pasa es que teníamos un cisne cuello negro y un flamenco. Cada uno tenia su territorio, así no peleaban. Pero un día, uno de ellos paso el límite y se pelearon, y bueno, sólo quedó el flamenco— terminó con tristeza. Pero igual sera interesante conocer al flamenco— dije para alegrarlo.

 

Colores

Continuamos hacia el norte, por un camino costero, el paisaje se torna verde, violáceo. Los violetas se mezclan con el azul del mar. El mar ruge, las olas golpean sobre las desnudas rocas, como castigándolas por detener sus intentos de ir mas allá.
Acampamos en un jardín de amarillas añañucas. Sus tallos se mecían con el viento. Era como si el viento cantara una canción de cuna, arrullándolas para dormir. Bajo ese arrullo nos dormimos nosotros también.

Después de unos días de viajar y acampar por solitarios y bellos parajes, y no encontrar la famosa garra de león. Nos movimos hacia a la urbe, a la ciudad de Huasco, un bello pueblo costero, contaminado por una fea termoeléctrica.

Huasco

Huasco

Nos quedamos una noche ahí, al día siguiente continuamos hacia el interior del valle del Huasco, poco a poco iba quedando atrás el impresionante desierto. A nuestro encuentro salían enormes y añosos olivos, gente amable que nos saludaba, ofertas de aceitunas por todos lados.

Plaza de Freirina.

Llegamos a Freirina pequeño pueblo conocido por sus aceitunas y camarones de río. Inmediatamente Freirina nos hechizó con la hospitalidad y cordialidad de su gente. La línea del tiempo parecía detenerse. Una mezcla entre un pasado colonial y ancestral diaguita, y un presente representado por grandes camiones cargando el preciado mineral. A ratos parece estar entre lo irreal y lo real, entre calles polvorientas que parecían cantar una historia, de trabajo y sudor, y por otro lado, el monstruo del progreso rugiendo, haciendo una moderna carretera.
Aun el cielo estaba estrellado cuando nos marchamos, despacio y sin ruido, fuimos dejando atrás el inmenso desierto poblado de sueños y esperanzas…

En Coquimbo tomamos el bus de regreso a nuestro hogar, trayéndonos una de las experiencias más bonitas de los milagros de la naturaleza, sentir y contemplar en plenitud el desierto florido.

En Coquimbo

En Coquimbo

Cruzando la frontera en bicicleta parte 1

Con Daniel planificamos viajar, pero no teníamos claro el destino, sólo sabíamos que queríamos hacer un viaje por varios días en bicicleta. Dando un vistazo a un mapa rutero, nos decidimos a cruzar la frontera. Sería nuestro primer viaje largo juntos. Así comenzó la aventura.

Salí del trabajo y llegue a casa corriendo. Tomamos las alforjas, carpa, sacos de dormir, y nuestras bicicletas, y partimos al terminal a tomar el bus. El auxiliar del bus nos dio una mirada no muy amable al vernos con nuestras bicicletas desarmadas y empacadas. Hizo un gesto de protesta, pero antes que dijera algo le pasé el tiket de pago por sobre equipaje.

Muchas veces los auxiliares de los buses se molestan mucho al ver a ciclistas viajar con su bicicletas como equipaje aunque estas estén desarmadas, empacadas y además se les paga extra. Nunca he entendido mucho cual es el motivo de la molestia, si hay pasajeros que viajan con la casa completa y ni una queja al respecto.

Arriba del bus, con nuestras chanchitas (bicicletas) en el maletero, nuestro primer destino era Villarica.

Llegamos de madrugada a Villarrica, el día estaba frío y costaba despertar. Armamos nuestras bicicletas, desayunamos, compramos algunas cosas que nos faltaban y recorrimos el pueblo.

Y comenzó el pedaleo  camino a Lincan Ray.  El sol salió con toda su fuerza, haciendo el día más hermoso, pero con el calor mis fuerzas bajaban bastante. El paisaje relajante hacia que olvidara el calor, y nos concentrábamos en disfrutar y admirar la belleza de paisaje que asomaba al ritmo de nuestros pedales. Tuvimos el primer pinchazo (único en todo el viaje) justo en una curva sin protección del sol y junto a un fastidioso amigo perruno que nos mostraba sus dientes. Con nuestras habilidades en mecánica, rápidamente arreglamos el percance y continuamos el viaje felices y riendo del perro gruñón.

Sin darnos cuenta, con paradas a comer, con pequeñas conversaciones con lugareños que encontramos en el camino, paradas para ir al baño y a sacar fotos, el día se nos estaba yendo y el atardecer estaba marcando su presencia con sus tonos ocres. Hacia rato que ya habíamos pasado por Coñaripe y dejado atrás el camino pavimentado. Pedaleábamos por un camino de ripio, mucha piedra suelta y las camionetas 4×4 nos llenaban de polvo. La noche se estaba haciendo notar y pronto debíamos encontrar un lugar donde acampar. Íbamos por la ruta de las termas así que lo ideal seria acampar en algún camping con termas.

Atardecer en la ruta de la termas.

El cansancio se nos estaba notando y el camino se hacia cada vez más rudo. Empezábamos a subir una cuesta larga y ni un camping se veía en el camino.

Camino

Desde una casa que estaba al lado del camino, una señora nos contemplaba con curiosidad. La saludamos y le preguntamos si había un camping con termas cerca y nos dijo que a 10 kilómetros había uno. Tienen que terminar de subir la cuesta. Igual nos falta, comente. Pero si gustan se pueden quedar aquí. También hay camping y unos posones termales. Sólo que no hay luz eléctrica. Nuestros rostros se iluminaron. Sí! No, nos importa la luz eléctrica. Sólo queremos descansar. La señora nos llevo al interior de su campo. Caminamos por un sendero y llegamos a la orilla de un río. Debajo de un gran árbol habían mesas. Ustedes acomódense donde quieran, nos dijo.

Como íbamos a andar por una zona lluviosa, nos habíamos comprado una carpa que aguantara las inclemencias del clima, pero no habíamos tenido tiempo para armarla. Así que, estábamos aquella primera noche, sin luna, bajo la sombra de un bosque, intentando con una linterna leer las letras pequeñas del manual de armado de la carpa. Finalmente, nos tomamos una sopa caliente y cansados pero felices, nos dormimos escuchando el canto del río. Ese día pedaleamos casi 70 kilómetros. Para ser el primer día y con todas las paradas, estaba más que bien para nuestras expectativas.

Río

Desperté temprano, el río estaba hermoso, tranquilo, tan quieto que daban ganas de bañarse, pero el agua estaba muy fría. Y sin pensarlo dos veces, me saque la ropa y me lancé al agua. Estaba muy fría, pero deliciosa. Un par de pajaritos me miraban todos curiosos, sorprendidos creo, de mi piel tan blanca. Disfrute el agua al máximo. Fuimos a ver los posones termales, pero ya había gente y eran muy barrosos así que volvimos a desayunar. Levantamos campamento, nos despedimos de la amable señora y continuamos la ruta.

El camino de ripio fue tomando cada vez más pendiente. Al llegar a la cumbre, por el otro lado del camino venían subiendo otra pareja de ciclistas nos detuvimos sorprendidos a saludarlos. Ellos eran Belgas que venían desde Argentina y nosotros íbamos a Argentina. Fue divertido encontrarnos justo allí, luego de subir por ambas cuestas. Luego de un intercambio de datos cada cual continuó su respectivo viaje.

El camino seguía subiendo y se ponía en mal estado, ripio suelto con muchos hoyos y cuestas más larga. Pero el paisaje nos sorprendía, con verdes bosques, puentes de madera, helechos gigantes, copihues rojos trepando por los altos coigües, chilcos floridos , pájaros que rompían el silencio con sus trinos. A lo lejos se veía un cordón de cerros calvos, esas bellas montañas habían sido taladas, la mano del hombre era evidente.

Las personas que encontrábamos en el camino eran muy cordiales. En una casa de campo compramos una ricas tortillas de rescoldo. Son muy buenas para viajes largos, duran bastante conservando su textura y sabor.

Donde compramos las Tortillas de Rescoldo

Este segundo día queríamos llegar hasta la avanzada nacional en Carirriñe (pasó fronterizo Chile – Argentina) solo funciona en época estival, (en invierno queda bajo nieve entre 3 hasta 6 metros de nieve), no teníamos la certeza de cuantos kilómetros nos faltaban  y el camino aunque hermoso era duro  y mis músculos estaban fatigados y nos quedaban unos dos horas de luz.

En el camino nos topamos con unas termas y decidimos descansar y pasar la noche ahí. El olor azufre era intenso, señal que el agua debía ser buena. Y no, nos equivocamos unas termas exquisitas, en medio de verdes bosques, con baños de azufre, un río de aguas calientes. Buenas instalaciones piscinas, cabañas. Daniel como un pez nado en el río en lo más profundo y observo a muchos peces grandes. Descansamos, nos relajamos disfrutando  de las termas Hipolito Muñoz.

Al día siguiente partimos después del medio día las termas estaban demasiado ricas.

Continuando por el camino de ripio que se ponía angosto y pedregoso. Después de unas cuantas horas de pedaleo por un solitario camino solo nuestras voces y risas hacían eco. En todo el camino solo topamos a unas personas en una camioneta que nos dijeron que era imposible cruzar, que el camino estaba bastante malo, y que en bicicleta no lo lograríamos. No, nos desanimamos con sus comentarios y continuamos pedaleando por un camino muy dificultoso pero de un bello manto verde de exuberantes bosques y cristalinas aguas. Los Coigües y hualles se levantaban imponentes, mis ojos quedaban extasiados al ver esos gigantes.

Gigantes

Finalmente llegamos a  la avanzada Carirriñe. Aquí hay dos servicios controladores el SAG (servicio agrícola y ganadero) el SAG controla que por las fronteras no ingresen plagas o enfermedades, que puedan afectar al ganado y la agricultura. El otro servicio es Carabineros de Chile quienes realizan el control migratorio y aduanero. Al parecer no es paso muy frecuentado.

Tanto la persona del SAG  como Carabineros fueron muy cordiales.  Acampamos en la avanzada. La noche estuvo más fría que otros días,  pero nosotros estábamos  preparados con buenos sacos así que dormimos cómodos y calentitos.

Avanzada Carirriñe

En la mañana desayunamos con la persona del SAG. Hicimos los tramites de rigor con carabineros y continuamos el viaje hacia el Parque Lanín – Argentina.

El camino de ripio desapareció. Y dio paso a un camino hecho de grandes piedras y  palos, soberbiamente hermoso y complicado para las bicicletas sobre todo para la mía que es una bicicleta urbana, pero donde no se podía pedalear caminábamos esto hacia mas entretenida la aventura.

Camino de palos

Luego de un par de horas de pedaleo por un rustico sendero llegamos al hito que divide Chile-Argentina.

Hito Chile

Hito Argentina

Unos metros más allá estaba el letrero de bienvenida al Parque Lanín. Nos despedimos de nuestro Chile y nos internamos en el Parque Lanín.

Entrando a Lanín

Ya estábamos dentro del parque y teníamos que pasar por un control de aduana Argentino que se suponía estaba cerca del chileno. Exactamente a que distancia estaba desconocíamos por completo. Al final el control estaba a varios  kilómetros de distancia del chileno. Cuando pasamos por este, era un pequeño caserío que parecía  abandonado. Cuando llegamos no había indicios de ninguna personas. Alo alo llamamos y de pronto de una caseta una mano se levantaba haciendo un gesto de que pasáramos los documentos. Saludamos y  pasamos los documentos este tipo puso un timbre y seguimos nuestro camino.

Pedaleábamos varios kilómetros  por medio de bosques con olor a tierra mojada, a fresco. Grandes, bellas araucarias aparecían para darnos la bienvenida a Lanín, lagos azules  se asomaban para vernos pasar, a cada paso del pedal aparecía mucha belleza natural.

Araucarias

Paramos a tomar un largo descanso en un lago, muy transparente y quieto. Daniel estuvo un rato nadando mientras yo estudiaba el mapa hacia donde continuar. Después de un buen descanso continuamos, debíamos encontrar un lugar donde acampar esa noche.

Lago Azul

Pasamos por un enorme escorial, lagunas, lagos, bosques. Hasta llegar a un pequeño lago que tenia camping libre, y a unos dos kilómetros había una proveeduría, como le llaman los Argentinos a pequeños almacenes. Nos quedaban pocos alimentos así que era buen lugar para descansar y abastecernos de más alimentos.

Escorial

Laguna el Toro

Un tranquilo lago.

Fuimos a la proveeduría y nos encontramos con una familia muy acogedora que nos atendió muy bien. Disfrutamos de unas ricas milanesas con papas fritas, y tomando mate se arreglaba el mundo.

Arreglando el mundo

Arreglando el mundo

Conocimos al viajero mas inusual que imaginábamos conocer. Thierry Posty un francés que viajaba por el mundo a caballo. Poco común encontrarse con un viajero así. Thierry al vernos en bicicletas nos saludo  y dijo ustedes viajan en bicicleta y  yo viajo con Pablo mi caballo.

Pablo el caballo de Thierry

Pablo el caballo de Thierry

Nos quedamos dos noches en ese lugar, necesitábamos recuperar energías y ademas la gente era muy agradable.

Thierry reparando su equipo.

Thierry reparando su equipo.

Pasamos momentos muy acogedores con el calor de una agradable fogata, bajo un hermoso cielo estrellado, la quietud del lago. Tomando mate, escuchando las aventuras de otros ciclistas argentinos, la poesía de Thierry, los chistes de Mariano un chico lleno de chispa, era el  hijo del dueño de la proveeduria, el rico pan amasado de Adrian el dueño de la proveeduría. Personas y momentos muy lindos que se quedaron en nuestros corazón.

Compramos pan y otras cosas para el camino entre ellas un extraño jamón enlata llamado chancho chino. Nos despedimos de nuestros anfitriones y de los amigos viajeros y nuestras bicicletas tomaron rumbo a San Martín de los Andes.

Aquí termino la primera parte del viaje cruzando la frontera en bicicleta. Cuando termine de actualizar este post. Busque en google a Thierry para saber en que lugar del mundo anda cabalgando, y me entere que dejo de cabalgar en este planeta para irse a volar por el universo. Thierry falleció el 2010.

En cada viaje no solo conozco lugares y gentes bellas. Si no que me conozco más a mi misma.

Cruzando la Frontera en bicicleta parte 2

A medida que avanzábamos en el camino la magia de los bosques y la proveeduria  se iban quedando atrás,  pero en nuestros recuerdos  se quedaban para siempre.

Y en vez de seguir a San Martín de los Andes. Tomamos un desvió y decidimos ir a conocer Junín de los Andes. El camino de cenizas volcánicas en partes era muy suave y mi  bicicleta se deslizaba como pluma, en otros los bancos de arena nos atrapaban al punto de casi derribarme.

Camino de cenizas volcanicas

Camino de cenizas volcanicas

La vegetación cambiaba, los grandes arboles desaparecían y aparecían pequeños arbustos, el verde de las montañas se cambiaba por campos de color café claro, el viento silbaba. El suave camino también cambio por una fastidiosa calamina interminable. Nos encontramos con  un grupo de gauchos arreando su ganado. Un agradable momento de distracción de la torturadora calamina.

Gauchos

Gauchos

Finalmente llegamos a Junín de los Andes donde la pampa se impone, una localidad pequeña, tranquila, como su gente con ese acento argentino más pausado que hace que uno se relaje y sienta que no hay prisa, que el tiempo no importa, que agradable sensación.

Pampa linda

Pampa linda

Aprovechamos de preparamos unos sandwiches con el chancho chino. Pronto llegaron lugareños curiosos por nuestra comida. Unas hormigas negras, grandes y cabezonas sin siquiera saludar se treparon por una de mis piernas para devorar mi sandwich. Por otro lado dos sabuesos se languetiaban pidiendo un bocado del sandwich de chancho chino. Compartimos la merienda con estos lugareños, había que estrechar lazos.

San Martín estaba a unos 42 kilómetros de Junín de los Andes y dado que quedaban varias horas de día decidimos continuar viaje ademas esa distancia la podíamos cubrir en pocas horas y en camino asfaltado  mucho mejor.

Pero no contábamos con una tormenta que nos sorprendió con toda su fuerza en mitad de la carretera. La lluvia y el viento impedía que avanzáramos rápido. La carretera por la íbamos con la lluvia desaparecía convirtiéndose en un río de agua y barro. Y de un golpe llego la noche. Las luces de las bicicletas alumbraban el camino, pero el agua golpeaba tan fuerte en la cara que hacia perder la visión, tampoco podíamos detenernos en el camino y buscar refugio, con la lluvia nuestra visión no era más allá de dos metros.

La lluvia llego.

La lluvia llego.

Llegamos a San Martín de los Andes  y el pueblo estaba completamente a oscuras, con la tormenta  se había cortado la luz. Nosotros mojados hasta el alma, con frío, hambre y sueño que más nos podía faltar, no encontrar alojamiento.

Pasamos la noche en una YPF (servicentro)  Lo bueno que mis alforjas a prueba de agua resistieron muy bien así que tenia ropa limpia y seca.

San Martín de los Andes  es un pueblo de bellos paisajes pero muy turístico y comercial para mi gusto. Así que con el cuerpo calentito y las sonrisas de vueltas apenas amaneció tomamos la ruta ahora hacia el paso fronterizo Hua Hum.

Desde que partimos de la proveeduria hasta San Martín y luego continuamos a Hua Hum llevamos más de 100 kilómetros. Habíamos  estado pedaleando de noche con lluvia, no habíamos dormidos, (porque en la YPF nos cambiamos de ropa, comimos, pero no se podía dormir, no podíamos descuidar las bicicletas ni a nosotros) Nuestros cuerpos estaban exhaustos y a ratos nuestros ojos se querían cerrar, pero sabíamos de un buen camping a pocos kilómetros así que invertiríamos toda la energía que nos quedaba para llegar allí y descansar tranquilos.

Volvimos a entrar al Parque Lanín por un camino de ripio ancho. Unas liebres de grandes orejas y patas largas nos acompañaban por el camino. Sus saltos eran tan divertidos que nos causaban  risas y el sueño se espantaba.

Paisaje volviendo al Parque Lanín

Llegamos al camping pero era solo para picnic, pero igual podíamos quedarnos unas horas y dormir, también se podía hacer fogata. Así que yo encendí una fogata y puse a secar la ropa, tenía tanto animo que el cansancio y el sueño se me  esfumaron. Daniel se quedo profundamente dormido. Cocinamos unas sopas 3 minutos. Nos iba quedando poca comida. Esperábamos encontrar un poblado o una proveeduria  no muy lejos para comprar mas comida.

Ya repuestos continuamos por el camino de ripio a un ritmo suave, aunque yo no había dormido y mientras Daniel dormía yo estuvo todo el rato haciendo cosas, aun me quedaban energías. Daniel dice que soy indestructible.

Después de unas horas de relajado pedaleo nuestros cuerpos exigieron reponer fuerzas con una buena comida. Lo  malo era que ya no nos quedaba comida, tendrían que esperar hasta Hua Hum. Porque por el camino ni una mosca pasaba, ni una casa ni por asomarse. Y cuando empezaba a sentirme muy fatigada y mi animo estaba en pic de bajada.

Como en los cuentos en medio de la nada un pedazo de madera que decía café, onces, almuerzo, y una flecha indicando la dirección.  Solo nos miramos con Daniel y seguimos la flecha que se internaba por un sendero entre los árboles y arbustos, hasta que apareció una hermosa casa de madera.

Una casa como en los cuentos.

Y como en los cuentos un joven amable nos recibió. Comimos muy exquisito bajo una arboleda, en una mesa de mantel blanco, parecía un sueño. Fue nuestro premio.

La mesa de mantel blanco.

La mesa de mantel blanco.

Felices nos despedimos de Andrea el joven que nos atendió. Este lugar mágico se llamaba estancia Quechuquina

Esa noche alojamos en un  camping a orillas del Lago Lacar.  Tuvimos un sueño reparador, nos tomamos un tiempo de relajo y recuperamos fuerzas para el regreso a Chile.

Lago Lácar

Lago Lácar

Cuando ya estábamos saliendo del Parque Lanín encontramos un pequeño museo de los colonos de la zona. Me puse a mira unos mapas Argentinos y me di cuenta que en mi mapa faltaban lugares.

Así que en  vez de continuar el regreso decidimos continuar la aventura y nos fuimos a conocer el Lago Queñi de una impactante belleza escénica. El camino para llegar era pura tierra y había que cruzar un río por una pequeña pasarela de madera, sacamos las alforjas y cruzamos con las bicicletas al hombro.

Cruzando un río

El Lago estaba rodeado de juncos y coigues, de un azul profundo. En la noche las ranas nos regalaron el más bello concierto sinfónico que mis oídos habían escuchado en un escenario iluminado por pequeños gusanos luminosos. Realmente era un Lago mágico un cuento de hadas.

Lago Queñi

Cerca del Lago existían una termas. Con las bicicletas sin alforjas nos internamos por un sendero en medio de un  bosque de grandes coigues, maquis, quilas, pequeños esteros,  se subía por pequeñas lomas y senderos muy angosto con muchos arboles y ramas caídas.

Bicicletas aperradoras.

Bicicletas aperradoras.

Después de una hora llegamos a las termas eran unos saltos de aguas calientes espectaculares. Nos costo llegar pero valió la pena esa maravilla toda solo para nosotros. Fue un bálsamo  para nuestros cuerpos que agradecimos a la madre naturaleza por tal regalo.

Aguas Termales

Aguas Termales

 Nos despedimos del Lago de la hadas como llame, al Lago Queñi con la sensación de haber estado en un lugar encantado. Un lugar que esperamos volver y encontrarlo tal cual.

En el camino de regreso pasamos a la cascada Chachín despidiéndonos de Argentina hasta una nueva oportunidad.

Cascada Chachín

Cascada Chachín

Pasamos por gendarmeria  Argentina para los tramites de rigor. Luego a carabineros de Chile y el SAG.

De vuelta al terruño.

De vuelta al terruño.

Nos quedamos en la hostería Pirihueico al otro día llego el transbordador. Pagamos la tarifa correspondiente por nuestras bicicletas y las amarraron en un rincón.

Arriba del transbordador

Arriba del transbordador

Cruzamos navegando el Lago Pirihueico con una suave brisa acariciando nuestros rostros y dejando atrás  un montón de bellos lugares llenos de mágicos momentos.

Lago Prihueico – Volcan Mocho-Choshuenco

Desembarcamos en Puerto Fuy  y tomamos el camino hacia Panguipulli un camino  bastante malo tanto que la parrilla de mi bicicleta se rompió con las vibraciones de la calamina y justo cuando empezaba a caer la noche,  que mala pata. Mientras estábamos solucionando el percance pasaron unos camiones gigantes. Uno de ellos se detuvo y el chófer nos ofreció ayuda. Yo le responde que estamos bien, pero entonces el chófer trepa por un costado de la carrocería del camión y nos grita;

-suban las bicicletas

-los llevo hasta Panguipulli.

En  el camino los camioneros son los que siempre tienen mas empatía con los demás. Como este camionero que sin pensarlo detuvo su camión y amablemente nos  presto ayuda.  Un reconocimiento a los camioneros de Chile.

El camionero nos dejo en Panguipulli reparamos  mi bicicleta y continuamos viaje a Paillaco aquí terminaba el viaje a pedales. Pedaleamos otra noche más con un hermoso cielo estrellado, en mi vida había visto tantas estrellas fugaces. Llegamos de amanecida a Paillaco. La aventura en pedales había terminado desde aquí tomábamos un bus y volvíamos a casa con el  corazón llenito de felicidad por todos los momentos que vivimos y por los encuentros con bellas personas que conocimos en el camino.

Con nuestras bicicletas pedaleamos aproximadamente 600 kilómetros en 9 días y 10 noches. Con torrenciales lluvias, de noche con el cielo estrellado más bello. Cruzamos la cordillera de verde manto. Abrace una araucaria milenaria. Bebimos aguas puras de las vertientes. Nos bañamos en ríos y lagos mágicos, termas paradisíacas. Dormimos bajo un manto estrellado. Estrechamos manos generosas y amables.

Nuestras bicicletas nos ha llevado  a lugares que quizás en otros medios no habríamos conocido, ni valorado tanto la libertad que nos brinda una bicicleta.

Un año después que hicimos este viaje una de nuestras bicicletas fue robada. El ladrón no solo se llevo una bicicleta, si no que se llevo algo que era parte de nuestras vidas.

Hay momentos que se quedan en el alma para llevarlos toda la vida.