La montaña, espejo de mis pasos.

Chile es un país en que por todos lados tenemos montañas. En Santiago, si uno quiere subir un cerro, sólo basta tomar el metro, una micro o un colectivo; e incluso en bicicleta llegas a los pies de un cerro. Yo amo la montaña. Subir una montaña para mi es enfrentarme a mis propios desafíos; es lograr mis propias metas; romper mis miedos.
Cuando comienzo a subir miro lo lejano y alto que se encuentra la cumbre. Pienso que no lo lograré, que está muy lejos, me van a dar calambres, me deshidrataré, me subirá la presión o me dará un edema pulmonar. Pero miro que inmóvil la montaña me mira. Una suave brisa atenúa el calor. Busco una sombra, y no la hay. Mi corazón palpita a 100. Pienso que se va a escapar; y continuo subiendo.
Algo se movió; mis sentidos se ponen en alerta. Es una lagartija. Me la quedo mirando y ella a mí. Qué lindos colores, digo. Luego ella sigue saltando, y yo nuevamente miro la cumbre ¡Qué lejos está!
Una pequeña sombra de un guayacán me alberga. Descanso; me hidrato; siento que mi azúcar está baja; una barrita de chocolate; me siento mucho mejor. Continúo subiendo; sorteando los obstáculos. Mi bastón es un gran apoyo; me salva de una resbalada y de caer. No sé si se acerca o se aleja la cumbre, pero cada vez mi corazón palpita más rápido, más fuerte. Siento que el aire se me escapa. Trato de retenerlo en mis pulmones. Y digo, ¡para! ¡para! ¡no puedo más! Bebo agua, me relajo y contemplo esa roca pelada, llena de colores. ¡Qué bellos! Entre las rocas se aferran a la vida cactus y otras plantas; tímidas flores perfuman el aire de dulces aromas.

flores

Por unos segundos el éxtasis me invade; siento como mi sangre recorre cada centímetro de mi cuerpo y el desafío se hace más fuerte. No falta mucho; la cumbre esta ahí; un esfuerzo más y llego. Clavo firme mi pie sobre la roca. Con mi bastón me impulso y pego el salto hacia la otra. Por un instante miro el camino por donde he ido pasando; se ve más complicado de lo que parece. Pero es el camino que forjé para lograr la cumbre, un sendero en común que cada montañista hace, pero que cada quien decide como hacerlo; dónde poner cada paso que da.
Contemplo esa enorme roca, e imagino. Si un gran temblor en ese instante ocurriese, la enorme roca rodaría cuesta abajo arrastrando a otras pequeñas, causando un gran derrumbe. Pienso; tal vez me aplasta. Pero alejo esos malos pensamientos y me concentro en la nube que va pasando. Siento que estoy a la mitad de la cumbre, pero me siento desfallecer. Siento que las piernas no quieren caminar, que mi cabeza va a estallar, que mi esfuerzo es sobre humano. Pongo el pie en una roca firme y me impulso con el bastón. Tanteo que la otra esté firme. Doy un salto y siento que no me quedan mas fuerzas para lograrlo. Si he llegado hasta aquí, me digo, no puedo desfallecer. Así que, con todas mis fuerzas, me impulso para dar el siguiente paso; las nubes pasan arriba de mi cabeza. Alzo la vista a una gran mancha negra que cruza los cielos. La sigo con la mirada. Es un cóndor, que bello, imponente y libre surca los cielos. Flota, baja y se eleva más alto, hasta que lo pierdo de vista. Que magnífica ave, en mi retina un flash fotográfico captura el sublime vuelo. Me quedo pensando en la libertad de volar, en la libertad del alma…
Un suave viento con una fría brisa acarician mi pelo. Es entonces que arriba de mi nariz parece estar la cima. Estudio los últimos pasos para lograr la meta; al parecer mi abastecimiento de energía está agotado. Bebo un sorbo de agua y con gran esfuerzo continúo un poco más. Respiro profundo y contemplo extasiada el paisaje lleno de un cordón montañoso, con verde vegetación, picos nevados, gama de colores. Me siento una pluma. Siento que toda la carga pesada se ha quedado en el camino, que soy libre como el cóndor, que puedo surcar los cielos, que los miedos y las culpas eran los que no me dejaban continuar… Una vez arriba el cansancio de esfuma. Aun queda energía para armar la carpa, cocinar una sopa, admirar el paisaje, sentirse pequeño ante la inmensidad de los montes, ver aparecer una a una las estrellas, y pensar que somos parte de ese gran cosmos, nosotros insignificantes seres, que a veces nuestra vanidad nos ciega y nos cierra los ojos al verdadero sentido de la vida.
La noche iluminada por millones de cuerpos celestes. Un gran destello ilumina las cumbres; hilos de plata dibujan el cielo, me duermo… con esa imagen en mi mente…
Que los miedos no sean obstáculos para lograr las metas.

montañas

Una Mágica Navidad

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Era uno de esos días en que todo en el aire huele a pan de pascua, ese típico olor a especias, vainilla, anís, canela, clavo de olor… el suave olor a maderas del sur. Era un día especial para muchos. En el lugar donde entonces vivía, una pequeña caleta en el fin del mundo. Era día de barco y muchos saldríamos de la pequeña caleta para ir al continente, a pasar navidad con la familia, eso era una gran alegría, así que se preparaban todos los detalles del viaje. También se afinaban los últimos detalles para dejarle todo listo al viejito pascuero, porque aunque no estuviéramos esa noche en la casa, todos sabíamos que al viejo pascuero le gustaba pasar a descansar un ratito, dormir una siesta y comer un pedacito de pan para tener energía y continuar su viaje a otros lugares del mundo…

Preparamos el árbol, era bello, un pino insigne que crecía en una maceta fue decorado con los más bellos adornos, estrellas de mar y coral. En el mundo no había otro árbol igual, todos lo miramos y nos sentimos orgullosos de tener un árbol como ese.

Una gran sirena sonó, todos corrimos al muelle, nuestro barco llegó, había que zarpar rápido, se aproximaba una fuerte tormenta. Comenzó el ascenso al barco, estaba todo listo, pasajeros a bordo, listos a zarpar. Pero una embarcación pequeña hacia llamados de emergencia. El capitán, sin pensarlo dos veces, tomó rumbo al rescate. Al cabo de unas cuantas horas de angustia, esperando el regreso del barco, éste regresó al muelle con la tripulación herida. Había que trasladarlos a un hospital. El más cercano estaba a dos días de navegación. Pero ese no era el mayor problema, si no que la mayor dificultad era que el barco tenia una capacidad limitada de pasajeros y ya estaba completa con todos los viajeros. Soló me puedo comprometer en regresar en 3 días más a quién ceda su lugar a los tripulantes heridos, era la promesa del capitán. Difícil decisión de quien cedía su lugar. Todos nos miramos las caras y las caras de desesperación de los tripulantes heridos, así que la elección fue voluntaria. Un par de viejos pescadores cedieron sus lugares. Bueno…él capitán del barco me pidió que cediera mi cupo a un pariente de uno de los más mal heridos. Primero me rehusé a tener que quedarme sola en ese lugar con un par de familias de pescadores, sentía que yo no tenía culpa de todo lo que estaba pasando. Hacía mucho esperaba salir de ese lugar. Es sólo un día, me dijo el capitán con ojos suplicantes, prometo enviarte una lancha rápida. Pero igual no pasaré navidad con mi familia, le contesté. Luego mire a la mujer del tripulante herido, ella tenía una enorme panza, estaba embarazada y dije, bueno total es sólo una fecha. Ella sonrió, tomó mis manos y me agradeció. Los que quedamos en tierra quedamos mirando en el horizonte como el barco se alejaba y se convertía en un punto que pronto desapareció. Me dije, será solo un día, no más y estaré fuera de aquí.

Era noche buena, con los pescadores y sus familias nos reunimos en la iglesia, cantamos y reímos, compartimos los alimentos. Luego me fui a lo que era mi casa y recordé que había dejado listo el arbolito para que el viejo pasara. Pero si yo estaba ahí, el viejito no pasaría…Pensé aquí estoy, en el fin del mundo, sola y ni siquiera el viejo pascuero vendrá…

Mientras comía un trozo de pan de pascua, sentí un pequeño golpetear en mi puerta. Fui a mirar, solo se veían las estrellas… brillaban como nunca. La nostalgia y la soledad me invadieron. Sin poder evitar, me puse a llorar… El cielo brillaba intenso, me senté a comer un trozo de pan. Unas miguitas cayeron al suelo y por entre mis pies pasó un pequeño ratoncito blanco. Primero me asusté y me iba a poner a gritar ¡un ratón! ¡un ratón! pero él me miró, como diciendo, ¡hey! loca solo quiero comer un poquito. Entonces voté más miguitas y él las recogía. Luego le puse leche en un platito y él se la tomó. Pasamos noche buena juntos. Al amanecer el ratoncito se marchó. El viejo Pascuero nunca pasó… solo un ratoncito me acompañó.

Fue mi mágica navidad.

Digüeñes o Pinatras un Hongo Endémico

Me llegó una encomienda del sur. Mi hermano me envío pinatras como se llaman en Paillaco. Pero en otras zonas son conocidas como digüeñes.
Cuando era niña con mis hermanos y primos en época de primavera salíamos a buscar pinatras. La competencia era quien lograba botar la penca mas bonita y sanita. Generalmente las mejores estaban en los hualles mas grandes y altos. Eso significaba mayor destreza con la puntería. Cada quien, provistos de sus mejores garrotes, nos preparábamos a lanzar. El que era mas alto casi siempre tenia mejor suerte, su garrote lograba llegar a la copa del árbol y de un golpe se desgranaban las pinatras más bonitas. Mi puntería no era de las mejores, así que me las ingeniaba para trepar el árbol, llegar a las partes altas y mover las ramas. Con eso conseguía desprender las apetitosas pinatras que luego las preparábamos en una rica ensalada. Limón, berros y pinatras, la perfecta combinación para una fresca y sabrosa ensalada. También algunas familias las preparan como guisos o sopas. De cualquier forma quedan exquisitas.
Yo las prepare así: Lavé los digüeñes, luego los pique, los puse a freír en aceite de oliva con ajo, cebolla, orégano y una pisca de merken y los acompañe con arroz. Así quedó el exquisito plato:

En muchas de estas recolecciones la que caía al suelo era yo, quedando toda magullada y con mi vestuario en malas condiciones, cosa que a mi madre no le hacia gracia. Más de un castigo me llevé por mi afición a las pinatras.
Los digüeñes se encuentran desde la octava a la décima región de Chile. Son un pequeño hongo parásito que crece en arboles nativos, como el raulí o el hualle. Salen sólo a principios de la primavera. El mes más productivo y donde están más frescos y tiernos es septiembre y pueden encontrarse hasta las primeras semanas de octubre, pero su calidad disminuye y pueden resultar algo tóxicos, aunque se conoce poco sobre su toxicidad. Lo que se ha logrado estudiar revela que el contenido de proteínas crudas, lípidos, fibras, cenizas y carbohidratos es similar al de otros hongos comestibles.
La mayoría de la gente no conocen los digüeñes, ni imaginan que existen. Con la tala indiscriminada del bosque nativo para dar paso a los monocultivos forestales de pino y eucaliptus se está haciendo que este hongo disminuya notablemente. Debiera ser materia de preocupación de ambientalistas y defensores del medio ambiente.
Digüeñes recolectados.

Campaña TU Navidad una Noche de PAZ

Si bien es cierto, para muchos la navidad se celebra por un afán religioso, en memoria del nacimiento de Jesucristo el mesías para el mundo cristiano. Para mi, navidad es un momento de reflexiones, un momento de reencuentros, momentos de compartir la vida, es un segundo en que una porción del mundo se detiene a pensar en las personas que tiene al lado. Es en ese momento en que esa porción de esas personas, quiere hacer regalos a otras personas.

Mi propuesta: es que NO uses la tarjeta de crédito, no uses la tarjeta de casas comerciales, NO pidas prestamos a los bancos, NO te endeudes!
Convierte realmente esa noche en una noche de PAZ.

Regalando algo hecho por tus manos, si no tienes tiempo para crear tu regalo entonces, compra a la vecina que vende por catálogo, compra tu regalo al artesano, en el kiosko de la esquina, a la amiga que vende galletas por internet, compra en el almacén de don Pepe, visita las ferias de tu barrio, ferias de las pulgas, los locales de tu vecindario, sorprende a los tuyos con tu creatividad.

La idea es que nuestro dinero llegue a manos de personas comunes,como tú, como yo, personas que con esfuerzo trabajan el día a día, que nuestro dinero llegue a ellos y no a las grandes multinacionales, ni a los banco, ni prestamistas. Que si bien es cierto te prestan un servicio pero a que costo. Terminan finalmente jodiéndote la vida.

No regales tu dinero a usureros, usurpadores de la humanidad y el medio ambiente.

Color y Luz para Todos!

Regala! Alegría! Magia!

Si estas de acuerdo conmigo, como en una posta pasa este Testimonio.
Que corra!!!!! que corra! de mano en mano que vuele!! por el mundo…

Trapito Sucio. Un cuento Chileno

De Mariano Latorre, escritor Chileno.
Es un bello cuento. Espero lo disfruten y lo lean a sus hijos.

Pichuca, la única hija del Ojo de Buey, no estaba dormida , sin embargo el silencio que dulcemente la rodeó apenas los tres borrachos abandonaron el cuarto, terminó de despertarla. Como en los amaneceres, sentóse en su colchoncito de hojas de maíz, que a cada uno de sus movimientos crujía como si bajo él gritasen un millón de grillos asustados. Se restregó los ojos una y otra vez. El silencio como una araña invisible, empezó a tejer en torno suyo una tela de medrosa soledad. Soledad hecha de ruidos confusos y tenues; sordo correr de ratones, baratas que se perseguían en los viejos papeles despegados, dulce sollozo de una llave de agua a medio cerrar en el ancho patio del conventillo. El sobresalto trajo la claridad de la conciencia. Estaba sola. Creyéndola dormida, sus padres y su padrino salieron a divertirse. En su cabecita sobreexcitada, esta Noche Buena que alegraba a todos y de la cual la eliminaban a ella, había prendido como un prodigio. La angustia apretó la garganta con sus anillos de serpiente. Fue un sollozo convulsivo, primero; llanto aliviador y luminoso, después. En su húmedo bienestar brilló, entonces, una resolución: conocer el secreto de la Noche Buena.
Púsose de pie y empezó a vestirse. No mucho que ponerse una faldita sucia, un resto de rebozo. Los tiesos cabellos los amarró en un manojo con una tirita roja que guardaba cuidadosamente: único gesto de coquetería de Pichuca.
Vistióse con toda clase de precauciones. Creía que mil ojos invisibles, y burlones la vigilaban e iban a impedirle su salida a la calle. Tropezó con la mesilla de trabajo de su padre. No se movió, envuelta en un precipitado torbellino de latidos que duraron tanto como los argentinos temblores de la lámpara en su viejo soporte de metal. Al borde del banquillo estuvo largo rato, en espera de algo impreciso, que estaba próximo y lejos al mismo tiempo, dentro y fuera de su cabecita en llamas.
La luna pascual derramó, de pronto, su tibia leche plateada por el cuarto sucio e inundó de paz el corazón tembloroso de la niña. En la puerta entreabierta hervía una fantástica claridad, que marcaba una ruta de ensueño.
Pichuca avanzó hacia el patio, pero volvióse bruscamente al observar, sobre el catre de madera de sus padres un halo de fúlgidas vibraciones. Un Niño Dios le sonreía en su marco de madera y le señalaba la noche con su dedito gordezuelo, como una mariposa cansada de vaguear por los aires.
Confiadamente avanzó Pichuca hacia el patio. Sus piececitos negros, curtidos, no temían el áspero ripio ni las piedras puntiagudas. No dudó ya más; deslizóse a lo largo de las paredes del conventillo, y en la despareja calle de arrabal avanza confiada. Una fuerza desconocida parece guiarla. Ni miedo ni temores.
En la atmósfera clara recórtanse los ángulos agudos de las tejas y son pozos de plata los patios abandonados.
Ágiles, incansables; corren sus piececitos hacia adelante, sin saber a dónde. Pegóse a un muro, para dejar que una carretela, estallante de gritos y de cantos, pasase con áspero balanceo. Hasta el caballito, sacado de sus sueños, trotaba con vigorosos golpes de cascos, contento de la alegría que mojaba sus lomos como una llovizna de cristal.
Cortó el negror de la calle de arrabal el estrépito llameante de un tranvía y en la dirección de sus rieles corrió Pichuca decidida, orientada por su instinto. En esta nueva soledad sentíase segura de sí misma, mucho más que en la penumbra soledosa del conventillo.
De sus padres no se acordaba. Su autoridad murió ante la del niño Dios y ante su noche buena, en cuyo enigma luminoso un payasito de Talagante sonreía con su ancha boca pintarrajeada y hacía cabriolas grotescas, apenas sus dedos, apretados con nerviosa Impaciencia, juntaban los maderos del trapecio.
Una avenida cuajada de luces se abrió ante ella. Tranvías repletos de gentes alegres, de niños que llevaban osos peludos y payasos de trajes vistosos, corrían entre regueros de chispas y campanilleos ruidosos. Hacia el corazón de la ciudad, rojo temblor de luz en el cielo llevaba una muchedumbre anónima su ruidosa despreocupación Entre ellos, Pichuca era un trapito sucio y maloliente.
En vano levantaba los ojos hacia sus caras, no respondían egoístamente distraídos. Sentían sola. Y entonces, en un gesto de angustiosa defensa apretaba el retazo de pañuelos contra su busto descarnado. Y esto quería decir mucho; por lo menos, el no tener un juguete, cualquier cosa que apretar contra su corazón henchido de misteriosas aspiraciones, ávido de goces imprecisos
El azar la puso, en el desordenado flujo de la multitud alegre, frente de una pequeñuela regordeta, sentada en la humilde puerta de una casa humilde. Estaba sola, curiosamente abiertos los ojos infantiles. Aislada como ella. Así le pareció a Pichuca. En sus brazos, un gran mono de carey, vestido como una guagua, daba la impresión de mirarla con curiosidad. La niña le hablaba a su muñeco barnizado. Dirigíale tiernas palabras:
—¿Tiene hambre el niñito? ¿No? Tiene hambre.
Pegada a la pared, Pichuca la observaba con pedigüeño titubeo. Una súbita ternura subió a su garganta. Poco a poco se fue acercando sin hablar.
La niña advirtió su presencia; de pronto se puso de pie bruscamente abrazando al mono con gesto protector.
Gritó agudamente hacia el interior de la casa:
-¡Mamá, una chiquilla rota! ¡Mamá, una chiquilla rota!
Antes que la mamá acudiera a los gritos de la niña, las piernas flacas de Pichuca, aptas para todas las carreras, cruzaron la calle. En unos segundos estaba en la acera y corría en las ondas de otra corriente humana Pero una espina se clavó en su corazón. Una espina aguda que perforaba su corazoncito palpitante.
—¡Chiquilla rota! ¡Chiquilla rota!
Pichuca no se daba cuenta de lo que esto significaba. Era para ella un enigma como el rechazo de la niñita del mono de carey. Pensó volver al conventillo, y, sin moverse permanecer en su pallasa crujidora, no sentir sino las carreras de las baratas en la pared o el tictac del misterioso reloj de la pobreza, pero la multitud que caminaba por la acera pegada a los muros fríos de las casas detenerse, segura de sí misma la fundía en su violento deseo de libertad y de goce. Hacia el río siguió sin darse cuenta. Junto a la vitrina de una pastelería de barrio, mismo vaivén de la muchedumbre la detuvo algunos segundos. Las tortas amarillas con ribetes de mermelada y merengues, animaron su lengua entre sus dientecitos ratoniles con nerviosa celeridad. ¡Con qué envidia veía entrar al interior iluminado a los niños de la mano sus padres o de sus mamás.
La espina se hundió más en su corazón y su manecita negra la revolvía con inconsciente terquedad. Era, sin embargo, un corazoncito fuerte, confiado ,a quien el Niño Dios protegía en esta noche única.
Por eso nada la amedrentó en adelante. Eso si ,un abismo se había creado el entre el mundo y ella y ,ella orgullosamente se había puesto sobre el mundo.
Asomada al pretil del río negro, bullanguero respiró un instante con egoísta libertad. El ruido metálico de la charanga de un circo golpeaba sus oídos, resonaba dentro de su cabeza. Un rosario de luces rojas y amarillas prendíase a la noche. Y la carpa, traspasada de luz, ondeaba al viento que venía de las cordilleras como un gran trapo suelto. Se fue acercando poco a poco. Prudencialmente ahora. Y cuando estallaba un aplauso y sombras nerviosas se desplazaban en el blanco lienzo transparente, un escalofrío de placer recorría sus nervios excitados.
No se acercó a la puerta del circo, aunque en su cabecita astuta la idea de colarse por debajo de la carpa le pareció muy fácil de ejecutar. Una tranquila resignación. Había sustituido a su afán de acercarse a la muchedumbre. Ya nada la asombraba. Seguía adelante sin curiosidad alguna como si fuese a dejar los zapatos de su padre a un cliente del barrio de las Hornillas. Atravesó, de este modo, el puente y entró en la calle 21 de Mayo. No envidiaba, ahora, a los niños que por las aceras arrastraban carritos o hacían sonar ruidosas cornetas. Veíalos pasar indiferente. No buscaba los ojos de los transeúntes ni osaba acercarse a los chiquitines burgueses que pasaban junto a ella. Frente a una gran vitrina iluminada, miró curiosamente los enanitos barbudos de piernas cortas y gran cabeza, como los de los cuentos que le oyó a su madre junto al brasero, y la hicieron estallar de alegría los grandes osos peludos, parados sobre una nevada de algodón, en la actitud de dar un abrazo.
Su asombro rayó en el pasmo cuando al llegar a la Alameda, vió girar la gran rueda luminosa, que se hundía en la noche espolvoreada de luna, con su carga de hombres y mujeres. para reaparecer, en vertiginoso volteo. chorreante de luces y estridentes sonidos.
Durante media hora, pegadas a la reja de un carrusel sus negras manitas, miró galopar los caballos fantásticos, que los niños manejaban confiados, sin embargo.
Pero aquí la esperaba, oculta en la sombra, su segunda prueba de Noche Buena. Esta vez no fué ella la que tuvo contacto con la multitud que la rodeaba sin aceptarla. No, no fué ella. Las manos aferradas histéricamente a la baranda del carrusel, miraba el rodar de los carritos y el balanceo de los caballos grises blancos de revueltas crines. Fué una mujer gorda la que reparó en ella. Una voz chillona la hizo pensar que no estaba sola en el mundo y que aún para mirar los carruseles desde afuera, es preciso llevar zapatos y vestidos limpios.
-Llévate a Pepito, Salustio, que esa chiquilla debe tener piojos.
Y el marido, mirándola de través, se alejó rápidamente con el chico, al extremo opuesto del carrusel.
No se molestó Pichuca en lo más mínimo: su experiencia la defendía como un escudo. Sabía que no era de la raza de esos niños que tienen juguetes y viven en grandes casas llenas de luz. Sabia que no era de esa raza, pero ignoraba aún de dónde provenía, aunque viviese en la misma ciudad y bajo un mismo cielo.
Por lo demás, sus piececitos eran sabios en las astutas carreras para hacerse invisible en el conventillo o en medio de la calle, aún en la tibieza lunada de la noche pascual.
Tumultuoso hervir de gentes y gloria de luces que despertaba a los viejos olmos soñolientos, cargados de polvo, prolongábase en interminable perspectiva hacia adelante. Y dentro de este murmullo vago, de corriente lejana, las voces de heladeros y vendedores de frutas taladraban la gasa inmóvil de polvo en suspensión. Sólo una voz ronca de vieja persistía en el bullicio, a
fuerza de repetir el mismo pregón:
—¡Como en la arbolera, las peras!
Y en el aire quieto, empapado de temblorosa luz, el aroma picante de las albahacas y el agrio de los claveles y clavelinas campestres, respiraba a ratos en oleadas cálidas.
—¡Como en la arbolera, las peras!
Pichuca se detuvo de improviso en su camino: una corneta de cartón quizá olvidada por un niño, blanqueaba en el piso polvoriento. La miró ávidamente, esquivando los encontrones de la gente y temerosa de perderla de vista.
¿Volvería a buscarla el niño que la perdió? ¿La encontraría otra antes que ella? Violentos latidos de su corazón la detuvieron. Alguien podía pisarla y deshacerla; pero, ¡oh milagro inesperado!, la multitud pasaba cerca de la plebeya bocina sin tocarla. Una enorme bola de conscripto, la de un gigante, se imaginó Pichuca, puso su doble suela a un milímetro de la corneta. La niña estuvo a punto de lanzar un grito de alarma, pero la bota formidable se achicó repentinamente y, vuelta a su tamaño normal, se unió a su compañera y continuaron sonoras y torpes su camino, sin rozarla. No supo la niña cómo se encontró junto a ella. No había sino inclinarse y tomarla, pero el recuerdo de la niña y de su grito insultante —. ¡chiquilla rota, chiquilla rota!— paralizó su intento. Sin embargo, la sonrisa del Niño Jesús del conventillo y el rayo de luna prendido en el vidrio de la estampa, habían hecho brotar como un lirio mágico la confianza en su almita desolada. Se inclinó y tomó el juguete, lo ocultó bajo el rebozo y anduvo algunos pasos, pero un violento deseo de poner la boquilla de la corneta en sus labios la hacia rechinar los dientes como en un escalofrío y el loco sonajeo de cornetines que azotaba el aire espeso hacía su deseo cada vez más apremiante.
Terminó por sacar la corneta de debajo del rebozo. Al ponerle los labios, una duda atravesó su cerebro. ¿Y si la corneta no sonaba? ¿Si había sido abandonada por inútil o si el Niño Dios la castigaba por haberla tomado del suelo sin que nadie se la diese? Volvió a esconderla; pero, en un súbito arranque, la puso en su boca: un largo sonido brotó del interior. Con toda la fuerza de sus pulmones, Pichuca tocó su anónima corneta. Las ásperas vibraciones borraron su angustia y le dieron una personalidad en medio de la multitud. A los mil ruidos que por todas partes se cruzaban como regueros de chispas, había unido el suyo, virginal, Era un canto de libertad, rudo, primitivo, pero su vida tenía un objeto en este instante.
Su exaltación no duró mucho. Ahora la atenaceaba algo más apremiante y que el esfuerzo de media hora hizo agudamente trágico: el hambre. Y esto era más difícil que tomar del suelo una corneta perdida.
Insidiosamente, por la espalda, llegó hasta sus naricillas ávidas el aroma penetrante de los duraznos primaverales Se volvió como un resorte. Pilas de bolitas granates de piel brillante como un terciopelo dorado por la luz de un candil, se amontonaban frente a una mesita. Detrás, un viejo barbón, de voz atiplada, gritaba, al mismo tiempo que con una rama espantaba las moscas.
—¡A los pelaítos priscos! ¡A los pelaítos priscos!
Aproximóse más al viejo. Sus dientecillos hambreados, casi se disolvían entre la saliva ¡Qué dulce debía ser el jugo de esos duraznos maduros! Había tantos, tantos, y, sin embargo, aquel viejo de barba blanca no le daría ninguno.
Vínole, de pronto, el impulso de pedirle con voz humilde, muy triste, uno, uno solo; pero no se atrevió: El grito de alarma de la niña del mono de carey resonó en su recuerdo una vez más:
¡Chiquilla rota! ¡Chiquilla rota! rota!
Y con infinitas precauciones fué retrocediendo para que el viejo no la advirtiese. La punta del pañuelo se levantó con dolorosa lentitud hasta sus ojillos lagrimecidos; pero estas crisis le duraban poco a Pichuca, muy poco. Se aisló del río humano que se deslizaba por el centro de la Alameda, tras el tronco de un árbol. El viejo olmo colonial pareció protegerla con el ancho abanico de sus hojas nuevas. Nadie la vería allí. Adormilada, se estuvo quietecita, como fundida con la dura corteza, pero alerta al menor ruido. Poco a poco se fué corriendo por el tronco hasta sentarse en las raíces y el ruido sordo de la ciudad que rompía en inesperados gritos y cornetazos estridentes se fué apagando para Pichuca; pero sorpresivamente tuvo una brusca vuelta a la realidad. Algo leve,
como si alguien invisible llamase su atención, tocó la punta de su piececito desnudo. Pensó en una barata o en un San Juan atontado por la luz que subiese por el empeine, y fué acercando precavidamente su mano para cerciorarse.
Nada en el empeine. No quiso retirar su piececito del punto en que sintió el roce, imaginando que este llamado misterioso no volvería a repetirse si se movía.
¡Dios mío!, ¿qué es esta bolita blanda, enorme, que cede a la presión de sus dedos? No es un insecto, no. No hay movimiento alguno de patas asustadas.
¿Quizá una pelota que ha venido rodando hasta sus mismos pies desde el centro de la calzada? Tomóla entre manos , y su olor penetrante lo delató. Era un duraznito de la Virgen, oliente aún a primavera. En una envoltura color rubí ocultaba el tesoro de su carne dorada, él secreto de las huertas anónimas de los conventillos. Con su habitual gesto de desconfianza, lo escondió bajo el rebozo, observando a su alrededor.
El viejo de barbas blancas seguía impasible ofreciendo a la multitud pasajera sus pelaítos priscos. Se callaba, sólo para vender a su público de sirvientas y conscriptos las docenas de duraznos de diciembre, envueltos en cartuchos de diario De aquel montoncito oscuro y aromático debió rodar el durazno como un pedrusco por la falda de una colina minúscula. No había duda. De pronto, su corazoncito comenzó a latir apresuradamente. En la tierra, a sus mismos pies, había cuatro duraznillos más, opacos de polvo. Cuatro movimientos astutamente espaciados y las cuatro bolitas oscuras estuvieron en sus manos.
Dando la vuelta al árbol, se alejó Pichuca con su tesoro hacia un costado del paseo. sola, con fruición egoísta los fué limpiando hasta dejarlos relucientes como bolas de carey. Sus dientecillos ansiosos se clavaron en la pulpa azucarada y fresca de los duraznos. Satisfecha, alegre casi, echó a andar entre la muchedumbre. Los niños y sus juguetes coloreados ya no la interesaban.
Una llamita tibia dulcificadora, animaba su cuerpo, y en esta llamita sonreía el Niño Dios que le regaló una corneta o hizo resbalar para ella los duraznos de la mesilla del viejo de las barbas blancas.
Al oír los repiques alegres, precipitados, con que un monaguillo juguetón se entretenía en el campanario de la iglesia, allí mismo a dos pasos no dudó del milagro protector. Llenaban el aire esos repiques. Chocaban los sonidos entre si. Reíanse las campanas apagando voces, cornetas y tambores.
Frente a ella abriase la ancha puerta iluminada, que le recordó la de su cuarto, encendido de plata lunar. Una interminable fila de mantos perdíase en el dorado resplandor del temple, y en la ola humana que penetraba se escabulló Pichuca al interior. Creyóse repentinamente en la gloria. Así cuajada de luz la concibió en sus sueños de niña pobre. En torno a las imágenes resplandecían rosarios de luces o arcos de oro semejantes a divinas aureolas. Súbitamente quedó inmóvil, paralizada. La realidad de su sueño estaba allí, palpitante, frente a ella.
El mismo Niño Dios sonreíale desde un altar, pero vivo esta vez. El dedito gordezuelo alargábase con cariñoso imperio hacia las cabezas de hombres y mujeres, extrañamente suavizadas por la luz.
En torno a Jesús la piedad popular había amontonado corderillos albos, pájaros deformes, monitos de greda en extrañas actitudes.
En un extremo de las gradas arrodillóse unciosamente y en su boquita sucia sonó la ingenua oración infantil con un gargarismo de agua corriente.
Luego dejó con toda clase de precauciones su cornetita entre los corderillos y los pájaros.
Sentíase cansada. El sueño había tocado con su ala de seda sus ojos visionarios. Andaba a tastabillones, tropezando con todo el mundo, que se apartaba con sorprendida brusquedad a cada choque, y en la angustia de no poder detenerse y descansar sin sobresaltos, la hirió, como una punzada, la vuelta a su casa. Debía encontrarse en ella antes que sus padres llegasen, pero el conventillo parecía estar al otro extremo del mundo, en un punto adonde ella no llegaría nunca.
Habíalo borrado casi de sus recuerdos. Los rezos, la risa continua de las campanas y el aroma del incienso pascual, terminaron por marearla. Su dolor sólo era un llanto calladito, ronco, que nadie pedía oír en aquel momento. Andaba maquinalmente, mientras su cabecita envolvíase en sombras. Un mundo nuevo germinaba en esa obscuridad. Sobre un colchoncillo crujidor durmió unos segundos, y luego, empujada por la marca de fieles, su cuerpo casi exánime tropezó con un tabique de un confesionario y se deslizó hacia el ángulo que éste formaba con la pared.
No se movió ya. En el rincón de sombra, nadie pudo advertir ese bultito harapiento, acurrucado, casi muerto; ni el propio sacristán, que apagó uno a uno las cirios humeantes y cerró después, las enormes puertas coloniales de la iglesia.
Pichuca dormía ya profundamente, olvidada de todo. En un comienzo le pareció que bajaba desde muy alto, por entre las estrellas, sin tocarlas nunca, con una suave vacilación de plumas que desciende. Imaginóse que unas alas le habían brotado de las hombros por entre las roturas de su rebozo, cuyas puntas, al bajar, se agitaban en el aire puro, transparente, lleno de luminoso sosiego.
Y nada más, Pichuca no alcanzó a notar el silencio de las grandes campanas ni la soledad gris del templo donde brilló como un astro de fuego la lamparilla votiva, ni menos la fuga del incienso a través de los vitrales entreabiertos, a fundir su azulada tenuidad con el alma roja del polvo, detenido sobre la noche.

Galería de Mariposa Alas de Seda


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Arte en la montaña.

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